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Andrés Caparrós

Caballo de cal y piedra

Había en la esquina una piedra grande sobre la que yo cabalgaba.

Como la fachada de la humilde casa en que nací, la piedra estaba encalada y en ella el sol refulgía. Sobre aquel caballo blanco, entornaba los ojos mirando al mar. Tomaba posesión de la luz recién nacida de la mañana.

Era toda mía.

La vida era toda mía, como era mía la sonrisa de mi madre más hermosa que la luz de cada nuevo día y también, siempre para mí recién nacida.

De pronto, las palabras vinieron a mi encuentro.

Llevo sesenta años sin saber qué hacer con ellas.

Y ahora, cuando la barca que me lleva por el río de mi vida se excita igual que un perro cuando huele el mar, me pregunto si habrán servido de algo mis desvelos delante del micrófono y, sobre todo, si serán imperdonables mis indolencias, mis errores e insolidaridades.

En esta hora en que la muerte cerca mi casa, cómo querría tener a mano mi caballo blanco ensillado... y echarme a galopar sobre la mar y no parar hasta llegar a los cenotes de Yucatán en cuyas playas van a morir las ballenas; sin miedo, dicen, pero con una tristeza descomunal.

Ignoro porqué esta noche se me revela tal noción de mi origen y mi destino en ese remoto reino mejicano de Chac, el dios de la lluvia.Un misterio.

El caso es que está ocurriendo en este instante.

Mientras el mundo gira.

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