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Susana Díaz ha sorprendido esta semana con una epístola a sus acólitos. El texto, muy convencional, está lleno de elogios superlativos al PSOE andaluz y descalificaciones tremendas contra "el gobierno de las derechas" en la Junta. De hecho, es una ensalada de tópicos, sin la más mínima autocrítica por la pérdida del poder hace un año, ni lamento alguno por malgastar una cuarta parte de la Legislatura sin estrategia. Habla de la fortaleza, solidez, seriedad y firmeza de su organización, mientras que la derecha es retrógrada, insensible, irresponsable, inhumana, sin escrúpulos y una fábrica de mentiras, según cita textual. Dedica más espacio a demoler al adversario que a defender lo propio; como si ella y Bendodo tuviesen el mismo gurú estratégico.

Todo para llegar a la misma conclusión que la Carta de San Pablo a los Corintios, que ella sin amor no es nada; pide a sus huestes que permanezcan unidas tras su liderazgo. Su teoría es que han ganado cinco elecciones seguidas en Andalucía y para retomar San Telmo hay que continuar juntos con paciencia. Podría añadir que el amor es servicial, para que no cunda el ejemplo de quienes han empezado a moverle la silla en Sevilla. (O que no quiere otra caída camino de Damasco: en Sevilla se rodaron las escenas de Damasco para la película Lawrence de Arabia, pero esa ya es otra película).

Con su carta, la ex presidenta ha iniciado una estrategia defensiva para conservar el puesto. Quiere seguir para recuperar el poder en las siguientes elecciones, como consiguieron los socialistas en 2015 en Castilla La Mancha y Extremadura. Y eso, según su filosofía, sólo se consigue con disciplina y diligencia. En otras palabras, sin que empiece una guerra interna. Lo cierto es que el PSOE andaluz se había convertido en un partido institucional, como es el PNV en el País Vasco o fue Convergencia en Cataluña. La clave para mandar sobre la organización era el poder en la Junta de Andalucía, el control sobre el presupuesto y el BOJA. Así, en el último cuarto de siglo todos los jefes regionales del partido, Chaves, Griñán y Díaz, primero fueron presidentes autonómicos y después secretarios del PSOE-A, un cargo al que se llegaba desde arriba, no desde abajo.

La vida de nomenclatura había hecho perder contacto con la realidad social a muchos de sus dirigentes. Si quiere desbancar a Juanma Moreno dentro de menos de tres años, en vez de cartas de cierre de filas a sus seguidores Susana Díaz debería hacer una atractiva propuesta a la sociedad andaluza. La ausencia de esa apuesta de futuro es el gran defecto de la epístola de esta semana. La pregunta es si su partido, bajo su dirección, es capaz de semejante audacia, ahora que tiene que remar contracorriente. Perdido el gobierno, el PSOE andaluz ha quedado desorientado. Como si sin el poder no fuese nada.

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