De Gobiernos e Ínsulas

gONZALO aLCOBA gUTIÉRREZ

Ciertas concesiones a la irracionalidad

El ministro se expresó en términos sencillos, sin embestidas ni exabruptos

Durante una conversación de pasillo, un abogado al que tengo por perspicaz trataba de responder así al estupor que me provoca su entusiasmo por las victorias del equipo de fútbol al que sigue: "es una concesión a la irracionalidad", me dijo. Les admito que aquel reconocimiento fue como un bálsamo, calmó el escozor de mi incomprensión; digamos que me resigné. Toda esta seriedad del fútbol, esta gravedad impostada con que se habla de los éxitos y fracasos; esta alegría y esta tristeza, efímeras, sí, pero profundas, que ocurren con motivo tan baladí no son más que un juego del espíritu: una píldora de pasión superflua que vacuna a la razón frente a los caprichosos accesos de sinrazón. No es mala cosa, pensé.

Pero, como toda vacuna, su eficacia es limitada; no me fue difícil reparar en otras de esas mercedes que el pensamiento analítico otorga al desvarío, sin embargo, esta vez, desatadas de toda finalidad recreativa y, por ello, sospechosas de un cierto origen patológico. Tenemos un buen ejemplo reciente: el ministro de consumo, Sr. Garzón aconsejó comer menos carne roja, tanto para reducir el nivel de contaminación que está llevando a nuestro planeta al desastre; como para preservar la salud de la ciudadanía. El ministro se expresó en términos sencillos, sin embestidas ni exabruptos; moderado en las formas, ciertamente, pero ajustado a los criterios que, al menos éste al que leen, creía compartidos por la mayoría.

Lo curioso es que de esa tromba de ataques de diferente tono e intensidad que se han cernido sobre Garzón, no hemos oído ni una sola crítica de fondo a su mensaje. En lugar de ello, se ha desatado una gigantesca ola de disparate que parecía escapar a toda sujeción de la conciencia: unos querían, de pronto, un buen chuletón al punto; otros especularon con el cese fulminante del ministro comunista; y muchos se rasgaron sin más sus vestiduras, displicentes. Algunos, menos entregados a la embriaguez colectiva, insistieron más en la cuestión económica: comer carne roja es necesario, porque garantiza puestos de trabajo; pero ni una sola reflexión crítica hubo, sobre el fondo del asunto, que se haya desenvuelto en el mismo plano de análisis sugerido.

Sin embargo, no olvidemos que es a los destinatarios de ese discurso a los corresponde decidir si deben lanzarse a rodar por la pendiente de lo ilógico o han rechazar ese juego de despiste. Lo esencial aún se distingue entre la broza.

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