Cine y arte

Admiraba el trabajo de Chaplin, comprometido con los valores de justicia y libertad democráticas

Durante su exilio en París en los años treinta del pasado siglo, el intelectual judío Walter Benjamin escribió uno de sus más célebres textos sobre arte, titulado "La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica". En él disertaba sobre el fin del "aura" de la obra artística y celebraba la llegada de las nuevas técnicas de expresión modernas, como la reproducción fonográfica de la música, la fotografía o el cine. Benjamin reconocía que, en su origen, el arte tuvo una dimensión mágica, cercana al hecho religioso, que se mantuvo a lo largo de la historia, y que ese "aura" entrañaba una especie de devoción fetichista que empujaba a ciertas personas a los museos con el fin de contemplar la obra única y venerada. Pero la reproducción seriada de la obra contemporánea había triturado ése aura, cosa que Benjamin entendía como un logro y una oportunidad. Con la modernidad, el arte se había democratizado, había dejado de ser elitista, y podía llegar a millones de personas. Especialmente el cine podía ser un instrumento eficacísimo -según Benjamin- para culturizar a la sociedad y hacerla más crítica y libre intelectualmente, si se usaba con criterios éticos adecuados; una herramienta política emancipadora y revolucionaria en contra de los fascismos. En este sentido, admiraba el trabajo de cineastas como Chaplin, crítico y comprometido con los valores de justicia y libertad democráticas. Pero mientras el pensador judío tenía, desde su retiro parisino, una visión idílica y hasta cierto punto ingenua de las posibilidades del cine, otros intelectuales amigos suyos, residentes en Estados Unidos, como Adorno, opinaban todo lo contrario, quizá por conocer de primera mano los derroteros que ya tomaba la nueva industria cinematográfica. Para Adorno, el cine producía una merma en la imaginación de los individuos y comenzaba a servir a los intereses del poder y del capitalismo, como cualquier otra industria mercantilizada, para acabar convirtiéndose en una forma de ocio y adormecimiento para las masas; el tiempo le ha dado la razón. Así las cosas, el arte verdadero ha tenido que recuperar su "aura" para sobresalir sobre la vulgaridad, prevaleciendo la visión poética de Heidegger, mítica y sugerente, que lo coloca como única forma de conocimiento capaz de desvelar la esencia del ser.

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