Comunicación (Im)pertinente

Francisco García Marcos

Comunicación obtusa

Ferdinand Lewis ALcindor desarrolló una extensa, e intensa, trayectoria como antropólogo lingüista en la segunda mitad del XIX. Franz Boas reconoció una influencia decisiva en su pensamiento. Pero, sin duda, debe la posterior popularidad a sus estudios en Barataria, una isla mediterránea, ubicada al oeste de la ciudad de Labruna. Allí descubrió a los mamondéjar, una excepcional tribu, a caballo entre el primate y el homínido, al margen de la evolución que siguió el resto de la Humanidad. Carentes de lenguaje verbal como tal, Alcindor fue capaz de descifrar sus aullidos y de descifrar las claves de su uso. Se detuvo con especial atención sobre la comunicación de una de sus castas dirigentes, las papisas, cuyo uso de los aullidos tildó de comunicación obtusa. Esta se caracterizaría por desarrollarse envuelta en una verborrea dogmática. Más que desatender el intercambio de argumentos, las papisas sencillamente no concebían su existencia. Su visión del mundo, no solo era la visión del mundo por antonomasia, sino que además adquiría formato de verdad incontrovertible. Excluida cualquier forma de duda, fuera de los escuetos límites de esa concepción del mundo no quedaba nada digno. Extramuros de su zona de confort reconocible solo existían enemigos. Para mantener el estatus del dogma bastaba con perfilar unos cuantos conceptos, ligeros pero directos, y acudir en caso de necesidad a los correspondientes mantras de emergencia. Alcindor dio testimonio de un suceso que lo conmocionó profundamente durante uno de sus viajes a Barataria. Las papisas llevaban tiempo tratando de erradicar las violaciones atávicas de su tribu. Pero, durante una reunión en torno al calor de la hoguera, una de sus principales dirigentes se dedicó a frivolizar sobre el asunto. Pronto las desafortunadas palabras se extendieron por toda la tribu Mamondéjar. Provocaron una reacción algo más que indignada. Fue entonces cuando las papisas desplegaron todo el repertorio de recursos al servicio de la comunicación obtusa. Todo eran bulos y calumnias, malas intenciones vertidas con inquina y a propósitos para desacreditarlas. Es más, quienes se quejaban eran los más inmovilistas de la tribu, quienes vivían anclados en el pasado y preferían atacar a toda la feminidad, en su conjunto y sin distingos. Después de aquello Alcindor prefirió no volver nunca más a Barataria. Por supuesto, cada cual tiene derecho a ser lo que le parezca oportuno en esta vida y a emplear el discurso que le plazca. Solo que entre los ciudadanos también es legítimo desterrar de sus vidas a gentes de simplicidad tóxica, para que se vayan con sus dogmas, sus clichés y sus mantras a otro sitio.

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