Cosas de hotel

Los trabajadores de los alojamientos podrían dar cuenta de variopintas y reveladoras cosas de hotel

La crecida legión de trabajadores con faena en los muy abundantes alojamientos españoles podrían contar no pocas anécdotas de los hospedados y, sobre todo, comportamientos más generales que dicen bastante de estos. Pedir habitaciones con vistas al mar en la sierra de Jaén, por ejemplo, no debería ser una petición posible -salvo que el embalse del Tranco se tenga como ensenada de la mar océana-; pero las reservas se hacen con cierto automatismo, reclamando preferencias aunque no tengan sentido alguno en lugar al que se viaja. La explotación del bufé del desayuno es otra cuestión reveladora, no ya porque la que debiera ser más cuidada comida del día se convierta en una voraz degustación de toda la oferta del comedor, sino por el disimulado tráfico de viandas, despistadas entre servilletas o ligeros envases, para despachar la merienda o la cena y así extender el bufé a la media pensión. Que la edad sea relativa también es asunto de interés, porque una cama supletoria no suele ser la prevista para niños con veintitantos años, como si todavía lloraran por estar solos o sus cariñosos padres hubieran de contarles un cuento antes de dormir temprano y al lado.

Más aún, tráfico de alojados -además del de las provisiones del bufé- porque donde caben dos caben cuatro, sin presentarse en recepción y accediendo al hotel con la naturalidad de quienes ya tienen habitación. La obsesiva dependencia del wifi tiene además lo suyo, cuando figuran en bastantes sitios y documentos los datos para el acceso y los hospedados preguntan como si no hubiera forma de dar con ellos, acaso porque la lectura no se aplique más que a las escuetas líneas de la mensajería enredada. Las contradicciones son asimismo evidentes cuando, llegados con horas de adelanto, se confía en que las habitaciones estén bien dispuestas para su uso; y, en el momento de la salida, se apura el tiempo y además no quiere hacerse cola para pasar por la recepción antes de dejar el hotel. De una cosa a otra en este palimpsesto de escenas hoteleras: está muy bien eso de sentirse alojado como si se estuviera en la propia casa, pero no debe tomarse tal bondad como excusa para deambular en ropa interior por los pasillos, o recibir casi desnudos a quienes acuden a la habitación para solventar algún problema o con servicios.

Queda abierto el catálogo de los olvidos, como una prótesis dental en remojo. Y no falta la caprichosa cleptomanía para llevarse de recuerdo toallas y albornoces. En fin, cosas de hotel.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios