Deleites y riquezas

Avisados de la inconveniencia de los deleites de la carne y de las riquezas temporales eran los príncipes medievales

Para la bienandanza y el buen gobierno de los príncipes, el fraile agustino Egidio Romano, a finales del siglo XIII, reunió sabias enseñanzas filosóficas, sobre todo de Aristóteles, en su Regimiento de Príncipes, dedicado al futuro Felipe el Hermoso, heredero del reino de Francia. Con una glosa castellana posterior, igualmente para enseñanza del infante don Pedro, hijo del rey don Alfonso de Castilla. Entre los primeros capítulos de la obra, figuran dos, con recomendaciones concretas: uno, "Que no conviene al rey de poner su bienandanza en las delectaciones carnales"; y otro, "El rey no debe poner su bienandanza en las riquezas temporales". En el primer caso, el agustino sostiene que los hombres rudos están más inclinados a las delectaciones de la carne, mientras los sutiles y los que se guían por la razón son más propensos a los disfrutes del intelecto y del espíritu. Y reprocha que los reyes pongan su complacencia en los deleites carnales, por varias razones. Una es física, ya que tales placeres abajan mucho y llevan al hombre a escoger vida de bestia; otra porque provocan el menosprecio, puesto que ese apetito carnal hace al hombre semejante a los que duermen o a los embriagados, quitándole el uso de la razón; y la tercera razón es que esas delectaciones hacen que los reyes no sean dignos de parecer señores ni reyes, al no usar la sabiduría que atribuye la dignidad de ser príncipe o señor.

Tampoco conviene a los reyes, ya se anunció, tener su dicha con las riquezas temporales, sean artificiales o naturales. Las primeras corresponden a las halladas o producidas por el hombre, como el oro, la plata o las monedas. Mientras que las segundas vienen de las cosas naturales, como el pan, el vino, el óleo o las otras cosas que nacen de la tierra o de los árboles; y, en general, todas aquellas que sirven a la vida corporal. En ninguna de estas dos riquezas deben poner los reyes su bienandanza, sobre todo en las artificiales, y Egidio Romano también lo explica para ilustración de los príncipes: se pierden, con ello, las virtudes, de tanto amar las riquezas, que no las dejarían apartar de sí, por lo que los reyes no serían liberales, ni francos ni magníficos, cual deben ser; y otro mal resulta de la continua voluntad de allegar algos y riquezas, que ha de hacer muchos entuertos y desaguisados a sus súbditos.

Advertidos de la inconveniencia de los deleites de la carne y de las riquezas temporales eran los príncipes medievales.

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