De Reojo

José maría requena company

Derecho a no ser engañado

El engaño es una pulsión de supervivencia, que la épica humana acabó prestigiando entre sus modelos de conducta

E L engaño es una pulsión de supervivencia, que la épica humana acabó prestigiando entre sus modelos ideales de conducta. Desde el Caballo de Troya al gol con la mano de Maradona, pasando por las fabulaciones de Odiseo o los embustes obscenos de Trump, falsear lo real ha sido algo común no solo entre todos los trepas y cuentistas que fueron, y tantos otros que aspiran a serlo, sino que tiende a consolidarse como todo un derecho: el derecho a mentir, como medio de ganarse la vida y hasta triunfar, sin riesgo de efectos indeseables. Vivimos entre tanta falacia, postureo y embeleco, que nadie podría objetar en serio que el mentir a lo llano, francamente, no sea una rutina distintiva de esta civilización. De hecho, el Catedrático J. Sádaba, verificó hace unos años que no hay vecino que mienta menos de 20 o 30 veces al día. Así que ya me dirán entonces cómo conciliar ese estímulo útil a mentir con el derecho ético, básico, fundamental, a no ser engañado, ?si es que creyéramos que existe alguna verdad, siquiera relativa, que esa es otra?.

Aunque verdad parezca que, en el ámbito comercial, hay leyes para impedir la publicad engañosa, los abusos contra los consumidores o productos defectuosos, sin que sea menos cierto que en materia amorosa sea lícito incumplir la promesa de matrimonio: basta declararse inocente. Pero es en la vida política donde el derecho a falsear la verdad alcanza su máximo virtuosismo e indemnidad. Ahí se puede, como decía Murillo Ferrol, falsear la historia al punto de que el pasado nos resulte imprevisible, ya que cada gobierno suele adaptarla a sus ideales doctrinarios: vean como los nacionalistas monopolizan sus competencias visionarias a capa y espada. Como pueden a través de los medios al servicio de la causa, reducir todo lo real a titulares impactantes, que añadan medallas a la pechera del amado líder: no será raro que un día de éstos lean como titular a toda plana que el Presidente condecoró a la madre del soldado desconocido. Una deriva falsaria, en fin, de promesas improbables o incumplibles que carece de una ley que penalice no ya su uso sino, como mínimo, su abuso descarado. Lo que no solo no es imposible de legislar, sino que cada día resulta más obligado. Porque el único camino que nos acerca a la sabiduría es el culto a la verdad y porque no existe dignidad humana allí donde, sobre el derecho a engañar, no prime el derecho a no ser engañado.

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