La tapia del manicomio

¿Desescalamos o recuperamos

Otros que han pillado con ganas el 'decalaje', Sus Señorías (manda... tener que llamar señorías a una horda de maleducados)

Igual que la primavera se nota por la llegada de los pajaritos: golondrinas, aviones y vencejos, se nota que ha llegado la fase 2 del confinamiento por la libertad de montar follaero. Todos nos hemos sentido liberados, pero, como en la granja de Orwell, unos más que otros. En la vanguardia de la liberación hay que anotar -!qué alegría, qué alboroto, otro perrito piloto!- la liberación del libre escape de los "amotos". No hay mayor placer que disfrutar de la desescalada que nos permite, desde bien temprano, disfrutar de los tubos de escape de los "amotilleros" que habían estado confinados una agradable temporada. Más o menos, la misma temporada que los cánticos hostelero-festivos: cumpleaños feliz a voces todas las tardes y noches en las terrazas, gritos y broncas hasta la madrugada, despedidas de solteros a cualquier hora del día, despedidas de solteras, aun más folloneras que las de solteros (la española cuando se suelta, es que se suelta de verdad)…y algún que otro borracho solitario vomitando. Y encima nos ha pillado en plena temporada de levante, con las ventanas abiertas para aliviar el fuego veraniego, con lo que hemos podido disfrutar a tope del primer fin de semana de vuelta a la "nueva" normalidad, que no sabemos en qué se diferencia de la de toda la vida, salvo porque lo dice el Gobierno. Y menos mal que la procesión motorizada de los franco-franquistas de este sábado no pasó de seis vehículos.

Otros que han pillado con ganas el "decalaje" han sido Sus Señorías. (Manda cojones tener que llamar señorías a una horda de maleducados insultadores). En general, cuando se rompen los buenos propósitos de primero de año, al menos esperamos a que pase Reyes para romperlos. En este caso, aquello de que íbamos a salir mejores después de este drama se ha ido a tomar por saco sin esperar ni a que acabe la epidemia.

Ahora que la vida está volviendo a su lánguida normalidad, parece que sin esos estremecedores escapes nos faltaba algo. Y pensar que, ¡ingenuos de nosotros!, esperábamos que, al socaire de las miles de víctimas, nos íbamos a volver más civilizados. Parece que no hemos escarmentado y que seguimos siendo los mismos españoles que los que motivaron a los redactores de la Constitución de 1812 a establecer que los españoles fuéramos "justos y benéficos". O sea, que pasan los siglos y nuestro genotipo no parece que haya cambiado. Ni que vaya a hacerlo en un futuro próximo.

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