De Reojo

José María Requena Company

Elogio de la experiencia

Resulta ilógico que se confíen las riendas del Estado al candidato inexperto

Los hechos son tozudos, y sus efectos, suelen ser implacables a la hora de atribuir o graduar culpas. Se trata de una evidencia ancestral consagrada en aquel pasaje bíblico (Mateo, 7.16) que advertía: «por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos…». Que viene al hilo de la perplejidad de un amigo, ingeniero alemán, afincado en Almería al ver que, en España, sea tan fácil acceder a las más altas regencias de gobierno y poner como pilotos para sortear los ingentes desafíos que comportan la salud pública, la economía, la educación y demás pilares de la sociedad, a personajes que carecen de experiencia gestora, vital o corporativa, que permita contrastar su eficacia para dirigir un cometido tan complejo, como es gobernar un país. Que se deposite la gran responsabilidad de capitanear la nave estatal, en políticos cuyas habilidades solo quepa presumir porque son inéditas en las fechas en que sus Partidos los postulan para ser elegidos. Una confianza absurda, porque, en el mejor de los casos darán algún fruto casual, pero lo más probable, es que su gestión sea huera o incluso tóxica. Y por esa elemental prudencia por la que uno no confiaría su hacienda a un desconocido, resulta ilógico que se confíen las riendas del Estado, al candidato inexperto, sin currículo que le acredite como alguien digno de ese plus doctoral conocido como madurez, o sea, de ese crédito que no da un mero título académico, porque requiere además tiempo y aprendizaje de adaptaciòn práctica a los factores inclementes del día a día. Porque requiere, en fin, el don de la experiencia, o sea: esa acumulaciòn de respuestas eficaces confirmadas ante situaciones vitales, que convierten a quien las superó, en el lider que destaca sobre el resto. Y mientras uno madura se equivocará, claro, pero así aprende y espabila él solo, y no aprende cuando ya gestiona la cosa pública y sus errores los pagamos todos. Es un riesgo que deberían filtrar unos partidos políticos que, sin duda, son esenciables para la democacia, pero cuya burocracia endogámica les lleva a favorecer liderazgos inmaduros, incapaces de asegurar nada distinto a poltronas para sus militantes. Y como no se reajuste en serio esta partitocracia decadente, la deriva histórica de la feraz democracia hacia la demagogia huera, está garantizada.

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