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España, letanía del dolor

Las cofradías han demostrado en estas semanas que no son ningún espectáculo, que son obedientes

Estimados lectores, sean siempre bienvenidos a la lectura en soporte papel o digital de este diario, tras la llegada imperceptible de la primavera el fin de semana, que a nivel psíquico ha estado más cercano al estado de excepción, incluso de sitio, que al jurídicamente de alarma, muy necesario pero cansino. No voy a ahondar sobre asuntos que son igual de preocupantes en el ámbito regional y global que la actual pandemia del COVID-19, tales como la corrupción, el terrorismo internacional, los estados fallidos, los tráficos ilícitos, los grandes movimientos migratorios, las luchas interétnicas, el descontrol del ciberespacio, el cambio climático y otros propios de la estrategia geopolítica nacional como el independentismo catalán y vasco, y la asimétrica gestión gubernamental estatal de España con un corazón arrítmico y sin impronta esperanzadora.

Este año no nos encontremos con Dios a la intemperie, con el aire trémulo y el crisol luminoso del crepúsculo anochecer para esas devotas imágenes, que se encuentran al culto litúrgico en el interior de nuestras iglesias; aunque no hagamos el camino penitencial con la quietud silenciosa de otros años y queden en la clausura de sus templos, junto al Sagrario, no por ello va a dejar de esparcirse el fluir espiritual del alma por los itinerarios cofradieros, al hacerse plenitud en nuestros amorosos sentimientos por la etérea ciudad con la compañía del Divino Redentor y de su Madre doliente, porque el Hijo de Dios siempre permanece en la dramaturgia interior de cada cofrade.

Las cofradías han demostrado en estas semanas de forma fehaciente, notoria y pública que no son ningún espectáculo, que son obedientes, tanto con las autoridades civiles como con las eclesiásticas, emanando de éstas últimas su personalidad jurídica y su capacidad de obrar en el ámbito de la sociedad civil. Están a la altura de las exigencias a nivel de solidaridad como imágenes vivas de los pasajes evangélicos de la Pasión de Cristo.

Las cruces de los cofrades son el símbolo del suplicio de Dios y de la universalidad de la Cruz como única esperanza. Las enfermedades, los infortunios, la muerte inesperada, los deberes comunitarios, son otras tantas cruces, que están reclamando que los cofrades, en estos difíciles tiempos, coadyuven su letanía del dolor con la mirada humilde y bondadosa puesta en el Señor de la Vida y la Esperanza para la resolución de las delicadas contrariedades que nos presenta la vida. Dios es la solución. Paz y Bien.

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