Desayuno con diamantes

José Fernando Pérez

Faltan risas

Busco la sonrisa y la ofrezco cuando el paciente, una vez pasado al quirófano donde previamente lo he recibido, está tumbado

No creo descubrir nada nuevo si digo que falta más sonreír y menos apuñalar. Faltan risas de las de verdad, a mandíbula batiente.

No tratamos nada que tomarse a broma, y no hay risa en lo que día a día vemos, pero hay que buscar en algún momento ese momento de distensión que haga apartar la funesta sombra de pesar, dolor y miedo.

Hay que reírse, terapéutica que no tiene receta.

Hay que estimular la sonrisa que saca lo mejor de nosotros mismos porque de otra manera no es posible seguir adelante.

Utilizo en el día a día la forma más sensata con mis pacientes intentando sacarles una sonrisa, entre las muecas de dolor, simplemente con una ocurrencia, cuando me siento en el borde de la cama y después de hablar de su situación, intento dirigir esa mente cansada de la noche de insomnio hacia otro lugar fuera de allí compartiendo anécdotas, preguntándoles por sus anhelos y estableciendo así una relación cercana con quien he tenido la suerte de tratar.

Busco la sonrisa y la ofrezco en el momento que el paciente, una vez pasado al quirófano donde previamente lo he recibido, está tumbado. Agarrado a la cantidad de vías y sueros que previamente le han colocado, cojo su mano cuando le miro a los ojos y le digo que todo irá bien.

Busco distensión durante el acto de la cirugía en sí, escuchando y narrando las situaciones que están entre manos, compartiendo los hechos cuando hemos llegado a un punto particular de la intervención, buscando la atención y animando a opinar, queriendo recibir la aprobación del que me acompaña y agradeciéndoselo con una sonrisa bajo la mascarilla.

Sonrisas al despertar, si todo ha finalizado como había sido previsto.

Es cuando me siento pues he de llenar una serie de documentos clínicos fundamentales: la descripción de la intervención y sus hallazgos, el estudio histopatológico para el diagnóstico final del proceso que hemos extirpado, la hoja de tratamiento…

En ese momento mi altavoz, el que me acompaña siempre a cualquier intervención, se aposenta a mi lado, bajito y una lista rockera surge. Eso provoca la sonrisa del celador que llega a por el paciente.

La música transmite y saca sonrisas. La cirugía cura y restaña heridas. La sonrisa une ambas situaciones.

Pero siguen faltando sonrisas en esta vida, que devora el alma y disfruta masticándola.

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