Su propio afán

Fumar no es pecado

Siempre que os obliguen a algo, resistid. U obediencia por señorío, voluntaria, o anarquismo ibérico indomable

Mi hija se acerca pensativa a la mesa donde escribo. Si la amenazasen de muerte y torturas para que fumase, me pregunta, ¿podría disimular un poquito que fuma o tendría que aceptar el martirio? Me enciendo como un cigarrillo, echo humo como un puro, me quemo como una pipa. ¡¿Cómo?! La cuestión me parece muy sana en una niña de ocho años, por supuesto. Está descubriendo la conciencia y lo que cuesta a veces mantenerla. Todo perfecto, incluyendo la casuística de la muerte martirial. Lo de fumar es lo malo.

Llamo a su hermano, que cruza por allí, para que se enteren bien ambos. Fumar no es pecado: lo del liberalismo todavía podríamos discutirlo. Uno sólo tiene que encarar el martirio (tras tratar de escubillirse como Tomás Moro) para no pecar. Fumar puede ser sucio, caro, dañino para la salud y de malotes, pero el antitabaquismo no merece nuestro fanatismo ni mucho menos ninguna heroicidad, que siempre es escasa y hay que guardarla para la defensa del alma.

Se les ha pegado tanto el discurso oficial que siguen mi línea argumental con evidente escepticismo. "Aun así, papá, si nos obligan a fumar, resistiremos". Empiezo a consensuar: "Eso es otra cosa: siempre que os obliguen a algo, resistid. U obediencia por señorío, voluntaria, o anarquismo ibérico indomable, tiernos retoños; pero os pueden querer obligar, os advierto, a cosas mucho peores que fumar". Añoro los días en que, porque les puse Vacaciones en Roma, jugaron a fumar como Audrey Hepburn. Id a jugar, les digo, esperanzado.

Sin embargo, al rato les oigo a través de la ventana representando una obra de teatro. Ella es Tráquea y él Pulmón, y son perseguidos por dos supervillanos llamados Cigarro y Habano. Me temo que tendré que ponerme a fumar en pipa, con lo mal que me sienta el humo, para contrarrestar tanta propaganda higienista. Voy a ponerme a gritar de nuevo "¡Fumar no es pecado, no, no, no es pecado!", cuando me lo pienso dos veces. Puede oírme un vecino y denunciarme y que me acaben privando de la patria potestad y llevarse a los niños a un centro donde les sigan hablando del tabaquismo y las dietas hipercalóricas. Pongo mi mejor voz y apenas les musito: "Bueno, vale, pero eso vuestro no es un auto sacramental, eh, no lo es, sino como mucho una ópera bufa o una Commedia dell'arte o un tinglado de títeres". "Sí, sí, papá", me dicen mientras se esconden de las garras de humo del maléfico Habano.

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