Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

Grafiteros

Los grafiteros que sabotean el Metro tienen mucho de narcisos ya viejunos, y más de malas personas

En La vida de Brian, Brian nace el mismo día que Jesucristo en un establo a pocos metros del que dio refugio a María y José, lo cual lo condena a sucesivas confusiones, y sus vicisitudes, hasta los 33 años. En una de ellas, Brian, metido a activista en un grupúsculo antiimperialista, es sorprendido haciendo una pintada junto a la residencia del gobernador romano: "Romanos, marchaos a casa". Lo pinta en latín, pero incorrecto. Los guardias de las fuerzas de ocupación de Judea lo castigan, pero no a mazmorras o trabajos forzados, sino a escribir por todas las murallas adyacentes la frase, ya en buen latín: Romani ite domum. El resarcimiento gramatical resulta pírrico: la victoria del latín es una derrota para la pax romana, un altavoz múltiple para la resistencia justo junto a la sede de la gran jefatura imperialista.

Durante un tiempo, un émulo de Brian y de tantos otros grafiteros con causa política bajó el listón del oficio hasta convertir la manzana donde vivo en un lienzo onanista de su firma: una semana tras otra, la rúbrica pintarrajeaba fachadas de casas de vecinos y persianas de comerciantes. La empresa de limpieza pública decía no tener presupuesto para hacer su labor, y yo no paraba de quejarme del grafitero en el ascensor o en la cola de frutería. Esgrimí el argumento cada vez que pude: "Me recuerda a aquellos folios que llenábamos con nuestra nueva firma de adolescentes, cien veces, afirmando nuestra individualidad… ¡pero no jodíamos a otros!".

Ya, el grafiti es algo más digno que la firma de un gil emporcando las calles. Mira Bansky: un icono de la cultura pop… aunque dicen de él que es un fraude antisistema con mucho marketing oculto. Mira la East Side Gallery de Berlín y la riada de guiris locos por sus selfies. Sí, hay zonas establecidas al efecto donde el artista muestre al viandante su expresividad, aunque los tiempos de pintadas callejeras han sido también condenados por internet al alcanfor. En este trayecto histórico que va desde la protesta a lo desfasado pasando por la eclosión de narcisos que te ensucian el portón, surgen ahora grupos violentos cuya acción política en Barcelona y Madrid consiste en fastidiar a la gente de a pie. Mejor dicho, a la de Metro: sabotean y secuestran líneas de suburbano durante el tiempo suficiente para derramar su ego con sus aerosoles. Con pasamontañas y prestos a darle una paliza a quien se queje. Los cansinos del "fascista" nunca llamarán fascistas a estos abusadores movidos por la pura vanidad adolescente estirada hasta la treintena y más allá. Vanidad… y mala leche.

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