El manuscrito

Greta y las causas perdidas

Empeñados en reconocer que, cuando todo es conformidad y sumisión, reina la paz de los cementerios

La mejor manera de no lograr nada es conformarse; la segunda mejor, ser displicente con quien no se conforma. En nuestra lengua, el concepto de conformidad se refiere a la semejanza, la simetría, la concordia, la adhesión, la aprobación y el tolerante sufrimiento de la adversidad. Conformarse es mostrarse de acuerdo con alguien, pero también darse por satisfecho con lo que hay e incluso aguantar algo que nos repugna. La perla surge cuando el Diccionario define el conformismo como práctica de quien fácilmente se adapta a cualquier circunstancia. Las palabras, como las personas, cambian al crecer y suman los nuevos sentidos a la idea original: de esa conformidad como semejanza que tiene el latín "con-formare" al silencio del conformista van siglos de adoctrinamiento, de enseñar al súbdito a no contradecir al Rey y al peón a no contradecir al amo, de repetir que quien quiere cambiar las cosas sólo puede aspirar a no ser escuchado.

Nos enseñan sin parar que, aunque algo nos disguste, debemos callar y sufrirlo en silencio hasta que nuestro incomodo se convierta en aceptación. Ese callarse ante el poder de otro, ese obedecer sin tregua, quiebra ni mengua, se expresa en latín con el verbo "acquiescere". El aquiescente, al que hoy llamamos conformista, sabe en el fondo de su alma que no quiere lo que tiene y que, por eso mismo, debe callar a quien alza la voz. El aquiescente dice no querer causas perdidas y hace uso de una falsa superioridad moral con una actitud de abyección, del latín "abicio", que significa "rendirse": la abyección del aquiescente justifica el orden establecido y reprime a quien lo pone en duda pero, por mucho que intente negarlo, sabe que callando otorga. Hoy muchos abyectos oponen todo tipo de razones a personas como Greta Thunberg y su lucha por el medio ambiente y le afean su edad, sus patrocinios, sus modos, su Asperger e incluso su meterse en camisa de once varas defendiendo una causa perdida. Quizá consiga algo o quizá sea sólo flor de un día, quizá le concedan un Nobel aquiescente o sus palabras tengan un efecto, pero su lucha es noble y digna de apoyo. Quizá sea una batalla que no se puede ganar, pero la Humanidad progresa gracias a quienes intentan cambiar las cosas aun a costa del displicente desdén de los aquiescentes, empeñados en no reconocer que, cuando todo es conformidad y sumisión, sólo reina una calma: la paz de los cementerios.

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