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Hammurabi

Hace 4.000 años, el rey Hammurabi ordenaba que toda persona que acusara a otra debía aportar pruebas

Hace más de cuatro mil años, el rey babilónico Hammurabi mandó levantar una estela negra de más de dos metros de altura. En aquella estela se recogía el código de leyes que se iban a aplicar en su reino. Las leyes de Hammurabi eran crueles y en algunos casos bordeaban peligrosamente la magia. La ley del Talión -ojo por ojo y diente por diente- castigaba todos los delitos violentos. Los robos estaban castigados con la amputación de un ojo -o los dos-, la nariz, una mano o las dos orejas. Las mujeres acusadas de haber asesinado a sus maridos debían ser empaladas sin contemplaciones. Pero el código de Hammurabi también contenía medidas mucho más humanas. Estipulaba, por ejemplo, que los trabajadores debían tener tres días de vacaciones al mes (en este sentido, el rey Hammurabi era mucho más avanzado que la legislación laboral de muchos países actuales, empezando por China). Y lo más importante de todo, Hammurabi ordenaba que toda persona que acusara a otra de un delito grave debía aportar pruebas inequívocas de su acusación. Eso significa que el código de Hammurabi establecía por primera vez en la historia los rudimentos de la presunción de inocencia. Y aunque la presunción de inocencia no se reconocía de forma expresa -para ello hubo que esperar hasta el código de Justiniano, en el siglo VI después de Cristo-, Hammurabi exigía probar los delitos antes de castigarlos.

Digo esto porque el neopuritanismo histérico que hoy lo invade todo nos está haciendo retroceder de tal modo que hasta algunos aspectos de las leyes babilónicas de hace 4.000 años parecen asombrosamente modernos. Pensemos, por ejemplo, en ese profesor afroamericano de la Facultad de Derecho de Harvard al que sus alumnos han querido expulsar del claustro, por el simple motivo de haberse encargado de la defensa del productor Harvey Weinstein. Es evidente que los delitos de los que se acusa a Weinstein son muy graves, pero cualquier alumno de Derecho debería saber que nadie es culpable hasta que no se hayan probado sus delitos. Eso lo sabía el rey Hammurabi y lo sabían los juristas romanos del siglo I. Pero está visto que no lo saben los alumnos de una de las universidades más caras del mundo, esos alumnos que no consumen carne para no dañar a los animales y que seguro que han adoptado a innumerables perros y gatos como si fueran sus propios hijos.

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