Homo religiosus

La política de este país es como una guerra santa. No se trata de hacer mejoras sociales sino de imponer un modelo de salvación

No hay nada del comportamiento humano desprovisto de religiosidad, incluso en el caso de adherirse al ateísmo o agnosticismo. Todas las conductas sociales e individuales generan una búsqueda de trascendencia para establecer un diálogo con lo infinito que se convierte en liturgia. Una religión no tiene por qué tener a un dios, o una iglesia: puede ser un conjunto de actividades encaminadas a gestionar una faceta del ser humano como la cultura, la política, y etc. Digamos que el ser humano tiene pensamiento y que este es por naturaleza religioso ya que en algún momento llega a la conclusión de que no se basta a sí mismo y necesita tener fe en algo de su entorno donde se da lo infinito. Pongamos ejemplos: esto se da en la cultura, a la que los agnósticos y ateos han tomado como el vehículo más directo haca la trascendencia y de la que salen liturgias en las prácticas de la cultura de masas. También se da está en las relaciones laborales donde se ha creado una mística del estatus sociolaboral que condiciona la identidad de los trabajadores. Pero sobre todo se da en la política, donde los partidos tienen un doble juego: por una parte predican una mística de la salvación como trascendencia y por otra utilizan las estructuras mesiánicas de la cultura occidental. En este caso existe un juego con estos elementos: la demonización del opuesto, la divinización del líder y el repertorio litúrgico de las acciones del partido como la reiteración de consignas. En consonancia también se da esto en las ideologías: ser de izquierdas o de derechas hoy día supone una actitud religiosa. Normalmente los simpatizantes defienden a los partidos de estos colores porque sí, sin analizar los hechos. Se contentan con seguir el hilo de las ideas aunque no coincidan con los hechos o sean contrarios al ideario histórico de estos partidos. Se trata de una cuestión de fe: de fidelidad y de afinidad hacia el líder y el aparato de propaganda. Incluso se da el caso de la radicalización cuando la disparidad entre los hechos y las ideas es muy grande. Sería lo mismo que decir que algunos dogmas políticos actuales son fundamentalistas. Y en cierta forma es así: la política de nuestro país se establece en términos de guerra santa. No se trata de luchar por las mejoras sociales sino de imponer al pueblo un modelo de salvación y de erradicar otro modelo a ser considerado demoniaco.

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