A dos metros

Ricardo Alba

Hospital La Inmaculada

El calor lo emana el personal sanitario que ejerce en el hospital. Desde quien te toma los datos, al que te comprueba la temperatura

Puedo imaginar a un toro aconchado en tablas, sí, acorralado entre puyazos, capotes de engaño, voces de los tendidos del San Jerónimo y sin conocer la suerte final. Uno se siente a veces entablerado en la barrera de tanta banderilla recibida un día sí y al siguiente también. Cuando no se trata del ansia de algunos por quitar a Felipe VI de en medio con prisa, con mucha prisa, (no sea que a lo mejor más tarde sea mucho más tarde y cada mochuelo haya de volver a su olivo sin haber implantado su república), se confiere la imposibilidad de acercarse al huerto de los Iglesias-Montero en Galapagar porque la pareja te manda a la Guardia Civil por menos de un mírame. Y si es cargar la suerte, ahí andan los pañuelos pidiendo al presidente el indulto de los presos condenados por el delito de sedición. Si tal caso se produjera, la avalancha de requerimientos de 'olvidos por pecadillos' mucho menores sería interminable y, en justicia, habrían de ser otorgados por aquello del agravio comparativo. De remate, ese quiebro con la pegatina del Gobierno español en las cajas de las vacunas, un achuchón que si me han de vacunar me pongan la que están poniendo en el resto de Europa, esa de Pfizer o la de Moderna si acaso.

En estas andaba cuando hube de acercarme al hospital La Inmaculada. Aquella mañana en Huércal-Overa presidía el frío. Nada más pisar en el interior del complejo hospitalario la cosa cambió a un calorcito agradable, sumamente agradable. Percibí inmediatamente el calorcillo, la calidad humana, la sonrisa en los ojos por encima de la mascarilla. El calor lo emana el personal sanitario que ejerce en el hospital. Desde quien te toma los datos, al que te comprueba la temperatura. Desde quien te sienta en la silla de ruedas, al que te examina la dolencia tras tumbarte en la camilla. Y tumbado en la camilla pensé en que esta gente sí que vale, la del hospital digo.

Pregunté que para cuándo las vacunas. "Cuando toque". Concluí que la generosidad de todo el personal sanitario se antepone al legítimo derecho de exigir protección ya mismo. Escribo aquí del hospital La Inmaculada aunque esto mismo lo hago extensible a todos los hospitales, centros de salud, farmacias, fisioterapeutas… ¡Qué grande es esta gente! Uno se pregunta que adónde fueron a parar aquellos balcones rebosantes de aplausos, de músicas. No lo sé, pero aquí va el mío bien inmenso para todos.

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