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Idiota profesional

La tontuna y la idiocia están emparentadas. Por eso un tonto útil puede acabar en idiota profesional, o al revés

Algo conocidos son la naturaleza y los efectos del tonto útil. Esa persona humana -la redundancia viene al caso de la tontería- que, muchas veces como advenedizo o prosélito, abraza causas que no le convienen; sobre todo, si no se dejara manipular o estuviera mejor informado del alcance o pretensiones de las mismas. Pero, entonces, no sería un tonto útil. Habitualmente, se utilizaba esta denominación, en apariencia contradictoria -como si no tuvieran que ver la utilidad y la tontuna-, para aludir a los valedores de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en los países occidentales y al trato, cínicamente desdeñoso, del régimen de la URSS a esos simpatizantes. Pero la expresión se extiende para señalar a quienes son objeto de manipulación por tendencias o movimientos políticos, normalmente de carácter extremista e incluso terrorista, a fin de promover el avance o la aceptación de tales idearios, aunque resulten adversos o contrarios a las propias creencias del dichoso, por desventurado, tonto útil. Así las cosas, un intrépido y no poco insensato escalador de rascacielos sin protección alguna, se autodenomina idiota profesional. Como si la idiocia, ese profundo trastorno de las facultades mentales, congénito o adquirido, resultara del ejercicio aficionado de unos comportamientos sin tino y necesitados, por ello, de profesionalización. De modo que el desempeño como idiota profesional tuviese mayor entidad y reconocimiento social. Tontos e idiotas son, en fin, primos hermanos, pero en estos últimos también se advierte un cierto engreimiento poco fundamentado. Aunque el idiota profesional que nos ocupa es un británico que hace gala de muy arriesgadas y temerarias proezas, como las de escalar sin prevención ni recurso alguno, solo la agilidad de su cuerpo y el agarre de sus pies y manos, los muchos metros de altura de los edificios más altos que encuentra, como ha sido el caso de los rascacielos que subió en Benidorm. De estas muy peligrosas e imprudentes hazañas da cuenta en vídeos y selfis que coloca en las redes sociales; si bien advierte y aconseja que no se imiten sus escaladas por peligrosas, estúpidas -la estupidez también emparenta con la tontuna y la idiocia- e ilegales. Luego un idiota profesional, al cabo, es un tonto útil. Aunque, en este caso, todavía se ha librado de despeñarse y cuenta con el no poco tontorrón beneficio de los "me gusta".

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