Los jardines de flora y masas de porte arbóreo, verdes parterres, borrajas, esquejes y espinas, forman parte indeleble, cobijo anímico, del relato vital, siquiera residual, de mucha gente. Acaso porque los parques frondosos simbolizan, como ningún otro espacio físico, los gozos del paraíso alguna vez poseído y para siempre perdido. Ese Edén bíblico, ajardinado entre plantas fragrantes, nutricias, tal vez no distintas a las que alimentaron a los ancestros primates: una especie de reino extraviado al que todo humano querría reintegrarse, regresarlo y reposeerlo. No es improbable que ese instinto sustentara la persistencia y fama de tantos vergeles legendarios como pueblan las maravillas del mundo antiguo, desde Mesopotamia a los huertos de la Grecia donde se inventó, a la vez que se impartía, la filosofía sobre la que se alza nuestra cultura. Lo cierto es que el jardín ha sido un insuperable surtidor de parábolas y metáforas, prosaicas o líricas. Con especial cariño recuerdo aquella que Juan R. Jiménez poetizó en su "Parque viejo", donde, entre su frescor, se desvanece la ninfa del agua, símbolo de la felicidad efímera que, aun inaprensible, alumbrara mi adolescencia. Un parque viejo similar a ese gran parque desconocido, por invisible, para los almerienses, conocido como Nicolás Salmerón. El que plantaba cara al mar, hoy hurtado por el muro del puerto. Un parque sereno, auténtico, de umbrías frondosas, sin césped artificial (tan caro de la estética del poderío) que la mayoría solo vemos de pasada al circular entre Pescadería y el Puerto, sin sospechar las rarezas botánicas que acoge, originarias de China, Japón, Brasil o Malasia, citadas todas en esa joya bibliográfica que es la Guía del Parque, editada por José Mª Artero, y elaborada por Francisco Leal y sus alumnos de bachiller, en 1984, con la que me engolosinó mi cronista local de cabecera, Antonio Sevillano. Un crisol de plantas exóticas y centenarias, como el laurel de la India, acacia mimosa de Australia, árboles de los dioses, del amor, o de la miel: cientos de sorpresas. Un parque que también el historiador García Miras, catalogó para que fuera declarado BIC entre los Jardines Históricos. Y me pregunto si se cuida y potencia lo suficiente este tesoro botánico, para hacerlo accesible y atractivo a paisanos y visitantes que, en tropel, transitamos a diario por sus aledaños, sin verlo: como si fuera un parque invisible.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios