Jerjes y el bachillerato

Hay Centros que han decidido ahorrar a sus estudiantes el contagio con la base de las Humanidades

Recuerdo cuando estuve con mi mujer en Atenas. Quizá fue hace unos años, quizá en otra vida: los meses del confinamiento me han contraído la percepción del tiempo. Mientras otros turistas se empeñaban en hacer miles de fotos por si alguna vez les llegaba la inspiración de qué era aquello, a mí me dio por retirarme a un lado y sentarme mirando a la mar. Allí, en la Acrópolis, junto al Partenón intenté imaginar qué pensarían aquellos griegos que, amenazados por las tropas del rey Jerjes, no podían saber si al día siguiente estarían vivos, muertos o peleando entre humo, cenizas, sangre, tripas desparramadas, gritos y orines de terror. No podían saber que, gracias a ellos, la democracia iba a seguir viva como un ideal que tanto se invoca y tan poco se lleva a la boca. Su única garantía era que, sin habérselo buscado, les había tocado morir o matar. Como dijo el Eneas de Virgilio: "No tienen los vencidos más salvación que no esperarla". Hablaba un troyano, pero sus palabras son tan universales como su desesperación.

Aquellos atenienses murieron y vivieron y la democracia pervivió; aquel rey persa, Jerjes, fue derrotado, pero su decisión de acabar con los griegos sigue viva aún en nuestros días. Sus tropas ya no acechan a Leónidas y sus trescientos en las Termópilas. ¡Ahú, ahú, ahú! No, las hordas de Jerjes ahora van contra quienes se empeñan en seguir enseñando Latín y Griego y contra quienes, pese a quien le pese, han decidido estudiarlos. Hay Institutos y Centros privados en los que se ha desanimado a la gente para no escoger esas asignaturas, o se les ha cambiado "militari manu" la matrícula o, sencillamente, se ha eliminado una materia o un itinerario.

Hay Centros que han decidido ahorrar a sus estudiantes el contagio con la base de las Humanidades. Se esconden tras el argumento de que no hay tantos alumnos como en otras asignaturas y ahora aprovechan la pandemia para disfrazar de optimización de espacios sus actitudes de agresión y de desprecio. Esos bárbaros le habrían prohibido a Sócrates enseñar a sus escasos pupilos y ahora se empeñan en meterle cicuta en vena a las Humanidades. Deberíamos reunir los nombres de aquellos lupanares de la ignorancia y darles publicidad para que con público escarnio se sepa quiénes consideran decente cercenar el derecho de estudiantes y familias a recibir una educación de calidad. El nombre está claro: la "lista Jerjes". ¡Ahú!

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