¿Jueces o psiquiatras?

Daba la impresión de que no hayan asistido al desarrollo de estos meses de juicio

Nuestro sistema procesal habilita un turno especial para hablar al final de juicio, llamado de «última palabra» que puede usar un acusado, una vez que haya conocido toda la panoplia probatoria esgrimida en el proceso y los argumentos técnico legales que le incriminen, para analizar o contradecir por sí mismo, todo lo visto y oído en el juicio, añadiendo lo que crea oportuno para su mejor defensa. Es una rémora del arcaico derecho de autodefensa, a cuyo generoso uso por parte de los acusados del procés, hemos asistido esta semana como trámite final de la vista ante el T. Supremo. Y ha resultado tan sugestiva como extravagante, la empecinada obcecación de los acusados, de transformar hechos públicos y verificados de una historieta tan cercana como la vivida en Cataluña, en un mero vodevil político. Así fueron versionando uno tras otra, ésta tras aquel (acaso abducidos todos por sus relatos imaginario victimistas, impermeables a cualquier contaminación de realidad histórica), que lo que allí se juzgaba no eran hechos concretos sino solo ideas políticas («convicciones profundas» afinó alguno). Daba la impresión de que no hayan asistido al desarrollo de estos meses de juicio. De que no hubiesen leído aún, de qué conductas se les acusa ni por qué las mismas infringen la ley. Oír estas últimas palabras de los acusados por el procés, confirma que el fanático vive al margen de la realidad que observamos (querría creer), el resto de mortales. Y refleja un tipo de trastorno mental específico al que alude el catedrático Feixas y Viaplana, en su libro Personalidad (2018), caracterizado por negar cualquier realidad que no coincida con el propio punto de vista porque eso obligaría al sujeto a revisar el relato de su identidad auto construida. Obedecería a un mecanismo inconsciente de defensa que la mente activa, induciendo al afectado a negar lo que atente contra su idea de sí mismo o lo que no encaje con su coherencia psicológica personal, porque en otro caso caería en un vacío existencial. Y es que, como explica Feixas, todos construimos nuestros relatos vitales sobre lo que somos y los archivamos organizados en una red congruente que utilizamos para definir la identidad, los sueños y los proyectos personales, con los que vivimos. De ahí que sean tan resistentes a cualquier cambio, ya que nos jugamos seguir siendo lo que fuimos o convertimos en carne de psiquiatras más que de jueces.

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