¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Lazos amarillos

Quitar lazos amarillos es un acto de higiene urbana y un grito de libertad. Un imperativo moral, vamos

El abuso de la simbología política, religiosa o comercial en el espacio público suele tener claros efectos intimidatorios o irritantes en aquellos que no comparten el mensaje que se pretende imponer. Valga lo dicho para la crisis de los lazos amarillos en Cataluña, una salida procesional extraordinaria o la celebración de algunos de esos estridentes eventos lúdico-laicos que han convertido a las ciudades contemporáneas en auténticos campos minados para flâneurs y pacíficos urbanitas en general.

La crisis de los lazos amarillos en el cuadrante noreste peninsular tiene la virtud de evidenciar lo que todos saben pero el nacionalismo niega: la enorme grieta que se ha abierto en la sociedad catalana tras el terremoto del 1-O, cuyo primer aniversario triunfal los independentistas pretenden celebrar en un mes. El objetivo de los grupos parapolíticos del nacionalismo (CDR, ANC, etcétera) es que, mediante el uso de la simbología (lazos, cruces y esteladas) se transmita a propios y extraños una unanimidad que no existe, una especie de comunión de los santos en versión butifarra de la que se excluye a todos aquellos que no pasen por la piedra cuatribarrada. Por eso, no sólo son comprensibles las campañas ciudadanas para retirar de calles, plazas, instituciones y playas la casquería simbólica del separatismo, sino que la vemos como la mejor manera (quizás la única) de combatir la apropiación de ágoras y rúas por parte de los más vociferantes.

Recientemente, los periódicos se han plagado de noticias sobre la guerra de los lazos amarillos. Es un conflicto de muy baja intensidad, una especie de guerrilla de confeti en la que un día un escritor achispado por el vino de la cena tunea una rotonda, otro un conductor temerario arremete contra un falso cementerio gualda y, al siguiente, una señora recibe un puñetazo de un balandrón nacionalista. Pequeñas acciones inconexas hasta que los partidos más comprometidos en la lucha contra el Procés, especialmente C's (el PSOE del navegante Iceta, una vez más, se ha puesto de perfil), han decidido arropar sin complejos la limpieza de la calle de una simbología que no sólo es falsa (la existencia de presos políticos en España), sino que sobre todo intenta crear una ilusión óptica monocolor donde realmente predomina una amplia paleta de tonalidades. Quitar un lazo amarillo, por tanto, no sólo es un acto de higiene urbana, sino sobre todo un grito de libertad y de reivindicación de la pluralidad. Un imperativo moral, vamos.

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