De Gobiernos e Ínsulas

gONZALO aLCOBA gUTIÉRREZ

Lecciones para ser un viejo

El Cato Maior, escrito hace unos dos mil y pico años, tiene la virtud de rebatir tanta ceguera

He tenido la inmensa suerte de no disponer de buen ancho de banda durante mis vacaciones, que terminan cuando escribo esto. Los días han ido pasando sin apenas más prestaciones tecnológicas que el acceso a las llamadas telefónicas de importancia familiar y un viejo televisor (sin Netflix) que ya nadie enciende. Antes de que mi abandonada bandeja de correo comience a protestar con incontenibles alertas y tediosas cadenas de mensajes profesionales, quiero acordarme ahora de cómo diantres he logrado emplear el tiempo.

Siempre me ha llamado la atención que la gente llegue aburrirse; hay demasiados libros que leer y, desde luego, muchas horas al día para observar las ramas de un árbol, las perturbaciones en el mar o el traqueteo juguetón de un matorral que se mece con la brisa. Permitir que la apatía nos domine, instalarlos en la abulia cuando tantos detalles hermosos (o, al menos, llamativos) atraviesan nuestro campo de visión, ¿no les parece vulgar? Siempre fui un hombre nervioso, pero la derrota de la edad me aparta lentamente hacia otra orilla; la quietud es el lujo que culpablemente ansío. Ha llegado, por tanto, el momento de leer a Cicerón.

Pude haber optado por cualquier novedad literaria de las que acumulo en espera de creerlas escritas para mí; pero escogí un breve tratado del político republicano que nos habla de la vejez, el Cato Maior; en estos tiempos desbocados, frenéticos, cuesta imaginar dónde es posible aprender a hacerse viejo. La ancianidad es un campo oscuro e indeseable en que se aconseja no penetrar; la imaginamos a menudo como un páramo de ignorancia y soledad, un letargo duradero del que huyeron la razón, el sexo y el placer. La vejez asusta tanto, quizá, porque no esperamos recibir, al alcanzarla, más dádiva que esa pobre displicencia que brindamos a los viejos de hoy. El Cato Maior, escrito hace unos dos mil y pico años, tiene la virtud de rebatir tanta ceguera. Con la voz del probo y estricto censor Catón, Cicerón nos habla de la fuerza creadora de la edad, de su profundo valor histórico y social. Leerlo, tanto tiempo después, es una forma sencilla y hermosa de comprender hasta qué punto es estúpida la soberbia que embriaga a la juventud a menudo. Tristemente, no dio tiempo a explicar esto a quienes eliminaron el latín del curriculum escolar. Así que, si quieren hacer algo productivo antes de que llegue el frío, pongan este librito en las manos de un joven; nunca es demasiado pronto para aprender a hacerse viejo.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios