República de las Letras

Lecturas de verano

La historia en cuestión debe reunir ciertos requisitos, el más importante, ser creíble

Las vacaciones siempre se prestan a la lectura -o al propósito de leer, que no siempre se lleva a cabo-. Incluso si se lee habitualmente siempre tiene uno en verano un libro pendiente. Por otro lado, a partir de cierta edad y muchas vueltas que da la Vida, es frecuente, no solo leer libros nuevos -¡nos queda tanto por leer…!, sino releer aquellos libros o retomar aquellos temas que una vez nos interesaron, incluso nos apasionaron, mientras hay otros a los que ya no volveríamos porque tuvieron su tiempo, su edad, que no es esta.

Este verano, entonces, he leído, estoy leyendo bastante. Ensayo sobre todo, que es lo que siempre me ha gustado, sobre todo ensayo histórico. Pero también alguna novela, género que últimamente no solía frecuentar. Y no lo solía ya frecuentar porque me he encontrado a veces con chascos tremendos.

En la novela, como se sabe, se establece un pacto entre el autor y el lector. Un pacto mediante el que aceptamos que se nos cuente una historia inventada -más o menos- que nos disponemos a creer. Pero la historia en cuestión debe reunir ciertos requisitos. Uno, estar bien contada. Otro, ser asumible en el tiempo actual. Y, el más importante, ser creíble. El lector puede asumir el género, el estilo, la forma, la organización… siempre que se crea la historia. Entiéndase: que se la crea como posible, por muy disparatado que sea lo que a uno le cuentan. Aquí funciona aquello de darle al libro un margen de, digamos, unas cien páginas, o al menos un tercio, una cuarta parte del tomo. Aunque a todo libro le es exigible que enganche desde la página uno, a veces es necesario conceder aquel plazo por cortesía para con el autor y el editor. Y enseguida les digo que me he encontrado muchos libros, sobre todo novelas -de poesía, ni hablamos-, que no han resistido el escrutinio. Les sorprendería qué libros y de qué autores. El último ha sido un tocho de ochocientas páginas que narra las aventuras de una joven que, en los años treinta, quiere ser articulista de opinión en un periódico madrileño, pero tiene que enviar sus textos bajo seudónimo masculino, dados los tiempos. Regular el estilo, simple la trama, buenos algunos episodios.

Hasta que el director del diario quiere conocer a tan estupendo articulista y la joven se presenta en el periódico… disfrazada de hombre. Y van todos sus colegas y se lo creen. En ese momento voleé el libro hasta el pasillo.

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