Leer, entender, escribir, contestar

Analizar datos sobre la situación cultural de los españoles induce una sensación de fracaso

Han sido muchas, malas y de golpe. Tal vez hayan provocado una sensación de frustración y de impotencia a más de uno. Pero analizar ciertos datos sobre la situación cultural de los españoles induce una sensación de fracaso al menos entre los que nos hemos dedicado a la educación durante los últimos cuarenta años. Fueron tres noticias que, pienso, están causalmente relacionadas. Fue la primera aquella intervención de la ex-ministra García Tejerina en la que denostaba a Andalucía por los resultados obtenidos en el último informe Pisa; Andalucía no quedaba bien, pero los datos referentes a España no nos dejan en buen lugar: estamos en la más absoluta mediocridad. La segunda fue el escándalo (¡!) que se derivó de aquella noticia que afirmaba que los aspirantes a profesores tenían faltas de ortografía en los exámenes de oposiciones. Dependiendo de qué valor se le otorgue al modo correcto de escribir la noticia será indiferente, mala o muy mala. Les aseguro que a mí me parece fatal. Pero es que ha habido una gran falta de sensibilidad sobre el tema. Y a mí no me extraña que esta generación de españoles cometan tantas faltas de ortografía. Recuerdo claustros interminables en los que había posiciones encontradas sobre repercutir negativamente las faltas de ortografía en las notas de los exámenes o de los trabajos. Perdimos en lo claustros y la administración llegó a dictar instrucciones diciendo que ni la actitud ni las faltas de ortografía podían modificar las calificaciones. La última noticia se refería a la lectura entre los niños de primaria. No parece que exista entre ellos una gran afición por la lectura. El problema principal, sin embargo, reside no ya en los libros que no leen lo niños, sino en los que no leen tampoco los adultos. Los tres asuntos están íntimamente entrelazados. Todo radica en que, si bien la mayoría de los españoles dominan la mecánica de la lectura, subyace una profunda falta de comprensión de lo que se lee. Cuando no se entiende lo que se lee, la lectura no es gratificante y provoca un aburrimiento insalvable; cuando no se lee no se aprende a escribir correctamente las palabras, y de ahí las faltas de ortografía; y tampoco se entienden las preguntas de las pruebas de Pisa, lo que imposibilita una contestación correcta, y de ahí las bajas puntuaciones. Una cadena de hechos. Y ya sabemos el adagio escolástico: si se quita la causa desaparece el efecto.

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