Comunicación (im)perinente

Francisco García Marcos

Maestros republicanos

Ellos , los maestros republicanos, tenían tareas de envergadura acuciante. Más de la mitad de la población era analfabeta

Acodado sobre un balcón de la Normal, Gregorio veía con expectación el desfile de la muchedumbre entusiasta, con las banderas tricolores ondeando en todas direcciones. Ese 14 de abril, casi inopinadamente, España se convirtió, por segunda vez, en República. Alfonso XIII huyó, en pos de nuevas cacerías, fiestas y pornografía, al cobijo de cualquier corte amiga. El país volvió a quedar a expensas de sí mismo. Y todo tuvo que suceder muy rápido en aquella tierra de atavismo pertinaz, humillada por el hambre, la incultura, el caciquismo y las ataduras de una tradición aherrojada.

Ellos , los maestros republicanos, tenían tareas de envergadura acuciante. Más de la mitad de la población era analfabeta. Los vetustos métodos oficiales contrastaban dramáticamente con las avanzadísimas contribuciones de los pedagogos españoles de la época. Las clases más populares carecían de acceso a la enseñanza secundaria y, por supuesto, pensar en la superior era una quimera. Y, en fin, se mantenían anacronismos como la formación segregada, incluso en los propios centros universitarios. Gregorio no vaciló en participar en esa emocionante aventura de renovación profunda que merecía el país. Sacó de inmediato oposiciones, se incorporó con entusiasmo a su destino malagueño y trabajo con denuedo en esa escuela universal, con clases mixtas, que seguía las directrices de la Institución Libre de Enseñanza y de Ferrer i Guardia. De repente todo se vino abajo en 1936, como una mala pesadilla que sale de la cabeza para convertirse en realidad. Terminó en el penal del Puerto, lo que a fin de cuentas no era el peor destino. Arias Navarro, el carnicerito de Málaga, había hecho una purga salvaje en la ciudad. Desposeído de su plaza, volvió a su pueblo, donde lo esperaba su novia de siempre. Hicieron las maletas y se fueron a la otra punta de España. En Cataluña, Gregorio volvió a ejercer, cobijado en un colegio de religiosos. Sus pequeños alumnos inevitablemente percibían algo distinto en él. No daba exactamente lecciones. Más bien compartía curiosidad por las cosas y conocimientos acerca de ellas, como un cómplice que dirigía a su clase desde la sapiencia humilde, la generosidad y una bonhomía contagiosa. Años después, cuando nos hicimos mayores, comprendimos su singularidad, la de quien seguía siendo maestro en medio de aquella España oscura. Algunos tuvimos el privilegio de que se cruzara en nuestras vidas don Gregorio Guardia, un maestro de la República.

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