A la luz del día

Malpaís

Un desasosiego atosigante embarga ante lo que estaba y, brusca e inexorablemente, ya no está ni volverá a estarlo

La apesadumbrada actualidad informativa del volcán canario está dando para general conocimiento de cuestiones más a la mano de los vulcanólogos que de los espectadores de este infortunio mayúsculo. Por eso, "malpaís" es un término que, aplicado a la aridez de un suelo, sin fertilidad alguna y nada practicable para cualquier uso urbano, pone por delante cómo será una buena extensión de la isla de La Palma cuando los promontorios de lava se solidifiquen en su superficie. Tiene esa palabra un origen medieval, en las propias Islas Canarias, y fue llevada por los colonizadores españoles a América, donde su uso se mantiene. De parecido modo, los informativos procuran explicar, con directas evidencias, los diferentes tipos de erupciones que se suceden o transcurren a la vez. Así como las "pirámides" que se están formando en los fondos marinos, una vez que la lava precipita por los acantilados a la playa.

Estas ilustradas lecciones de vulcanología no hubieran sido dadas, ni aprendidas, de mantener el volcán de La Palma la quietud del silencio, sin que las pesadas digestiones de las entrañas de la Tierra rompiesen en un vómito descomunal. El apremio de lo inmediato, el cúmulo de desgracias singulares y la magnitud de los efectos centran la preocupación en el inmediato presente de los días. Donde se van acumulando infortunios cada vez que cae una casa y desaparece el valiosísimo patrimonio de la vida que acogió, en muchos de casos, de sucesivas generaciones familiares; que una plantación es sepultada para siempre bajo la lava aniquiladora; que la sede o el emplazamiento de una empresa, servicio, negocio o iniciativa queda solo en un recuerdo enmarcado por conjurar el olvido de lo que estuvo y, sin la transformación despaciosa de los años, repentina, brusca e inexorablemente, ya no está. Sin embargo, ese mismo tiempo que gasta y desgasta con naturalidad -sin el sobresalto de las conmociones, también naturales, del planeta-, aliado con la capacidad de adaptación que asiste al género humano, y la particular fuerza -se dice también ahora, resiliencia- de los palmeros, llevarán a sobreponerse de la calamidad. Incluso a disponer, como recursos, de algunos efectos que hoy reparten ruina y desazón. La Isla Bonita cambiará su orografía y quedará señalada por las inhóspitas estribaciones del malpaís, pero mantendrá su privilegiada entidad de enclave preferido del planeta, hasta para rugir y explotar con lenguas de lava.

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