La cuarta pared

Metrópolis

El mediador entre el cerebro y las manos ha de ser el corazón

Hace unos días decidí volver a ver después de muchos años la película Metrópolis de Fritz Lang. No sé muy bien por qué, pero me lo pedía el cuerpo. Creo que la última vez que la vi fue poco después de acabar la carrera, durante la cual era poco menos que de obligado visionado junto con El acorazado Potemkin o El vientre del Arquitecto de Peter Greenaway.

A pesar de ser una cinta de 1927 y que presenta fragmentos muy deteriorados, sigue resultándome fascinante. El montaje que he visto en esta ocasión es de algo más de dos horas. Y a pesar de ello, consigue mantener mi atención de principio a fin. Esta película, rodada en Alemania, fue cercenada y recortada en su versión para los Estados Unidos dejándola en poco más de 90 minutos. Había escenas "censurables" y resultaba larga.

El metraje original se perdió, pero cosas del destino, hace unos años apareció una copia en 16 mm bastante estropeada de la cinta original en Buenos Aires, y con ella se ha conseguido recomponer un montaje que se acerca muy probablemente a la versión inicial de la película. Esta versión que yo no había visto, completa y ayuda a entender algo mejor el argumento.

El futuro distópico que plantea se desarrolla en 2026… a cien años de distancia de su gestación, pero a la vuelta de la esquina hoy. Se ambienta en una luminosa ciudad de rascacielos Art Decó cimentada sobre unos suburbios subterráneos oscuros y sórdidos en los que la clase trabajadora alimenta a la máquina corazón, que mueve el progreso y el avance de la superficie.

Lo cierto es que esta película da para escribir unos cuantos artículos, pues se puede analizar desde muchas facetas. Es obvio que es una de las películas más influyentes del cine. Es el primer largometraje de ciencia ficción y sentó cátedra como se puede ver claramente en películas como Blade Runner, o en la tenebrosa, gótica y vertical Gotham en el Batman de Tim Burton. El parecido entre C3PO de Star Wars y el Robot femenino de Metrópolis no es casual.

La película da para pensar, pues se reflexiona sobre la lucha de clases y el orden social, el desarrollismo, la hipertecnificación, o sobre los instintos primarios y humanos que al fin y al cabo se terminan por imponer a la racionalidad a al pragmatismo del ingenio mecánico.

Preparándose mínimamente para ponerse en situación pues se trata de una película muy teatral y con la expresividad exagerada de los primeros años de cine mudo, resulta muy sorprendente y cautivadora. Si no la has visto, merece la pena.

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