Miedo a la probabilidad

Lo que importa no es que una probabilidad sea exigua, sino que se confirme, por pocos que sean los casos

Los efectos secundarios de las vacunas están evidenciando las paradojas de la probabilidad. Así, lo que al cabo importa no es que esta última sea bien exigua, sino que se confirme. Interviene además la diferencia entre lo posible y lo probable. Los efectos secundarios pueden suceder, son posibles, y la probabilidad indica que hay razones consistentes para creer que lo posible podrá verificarse o suceder. ¿Son posibles los trombos tras la administración de algunas vacunas? Efectivamente, tal como los efectos que en la mayor parte de los prospectos farmacéuticos se advierten ante la prescripción facultativa de los medicamentos. ¿Y son probables? En muchísima menor medida que contagiarse del virus, pero acaban por asustar bastante más que dejarse pinchar.

Con sobrados argumentos, y no pocas buenas intenciones, los virólogos, las autoridades sanitarias o los tertulianos omniscientes -no confundir ni asimilar, como no sea porque cuentan con cierta influencia social- recomiendan sin dudarlo las vacunas. A tal efecto, se valen, entre otras razones, del balance entre riesgos y beneficios. Pero el canguelo de los que huyen del pinchazo no se alivia por el alto saldo de los beneficios, sino por el riesgo que entra en juego y puede ser buscado con un acto de la voluntad. Podría decirse también que por el libre albedrío, entendido este como la facultad de obrar por reflexión y elección. Si bien, dispar puede ser la primera, la reflexión, en su sostén, y poco juiciosa pero decidida la segunda, la elección.

Con propósitos didácticos se expresa, asimismo, que basta salir de casa cada día, incluso dentro de ella, para que el riesgo siempre esté presente y quepa que sorprenda con contratiempos de distinta magnitud. Si bien se olvida, en esa evidente y sencilla descripción de las contingencias, que se sale a la calle o se acometen las rutinas habituales por ordinarias y consabidas, mientras que acudir a la administración de la vacuna no es un acto mecánico ni rutinario. Antes al contrario, en esta situación se convierte en una circunstancia extraordinaria y debida a la voluntad.

Además de estas razones, o cruzado con ellas, está el despropósito de las informaciones, resoluciones o dictámenes de las agencias que autorizan las vacunas o se pronuncian sobre los efectos que producen. Cuando no intervienen o se adoptan decisiones salpicadas de oportunismo cortoplacista. De resultas, la inmunidad de rebaño -metáfora poco afortunada aunque repetida- se demora por el miedo a la probabilidad.

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