Tabula Rasa

Miguel, me llamo

Hoy mi nombre es Miguel. Hoy tengo un dolor que nunca te olvidará, porque nunca emprenderás la marcha

Hoy tengo un dolor que se llama Miguel. Como un pájaro azul que en el pecho salta, así es mi dolor. Blanco como el agua. Azul como mis arterias. Rojo como la sangre que me delata. Hoy tengo un dolor que calla para siempre. Hoy tengo un dolor que apenas cabe en un puño. Y aquí estoy yo, con mi dolor a cuestas, con mi nombre de barro, apenas. Aquí estoy yo, amor, delante de las puertas de tu casa. Hoy tengo un dolor que Miguel Naveros se llama. Hoy tengo un dolor y no hay nada que lo calme. Hoy tengo un dolor que apenas sostengo entre las manos y que se retuerce con su cuerpo sobre mis párpados como un temblor que apenas calla sobre los fatigados muelles de la memoria. Hablo de ti y de los días aciagos que sobre el cielo de tu boca nos entregaste, como otro cualquiera, hasta la última pulpa de tu sangre. Con la humildad y la mesura de los justos. Con la valor y la esperanza de los jóvenes. Así nos abrías tu hogar, las ventanas, los dinteles, tu puerta. Hoy tengo un dolor. Hoy tengo barro. Hoy tengo un dolor que Miguel se llama. Aquí y ahora la soledad es más aún. Es más antigua, es más profunda, es más ancha si cabe, porque los mares vuelven a su encuentro, puntual. Austeros de ternura, con los barcos atracados en la madrugada. Este dolor que llevo dentro, sólo conoce una dirección, donde tú y ajadas las flores crecen en el desfiladero del aire. Donde ya no puedo encontrarte. Donde te espero, amigo, para volver a nuestra vieja cita. Tú, Miguel. Dolor. Dolor a manos llenas, ángel azul que sobre la cúpula celeste giras, recuerdo cómo sobre las tórridas luces del día nos proclamabas que aún existía una esperanza. Recuerda: somos tu barro, Miguel. Aquel que diste forma. Aquel que con tus manos llegaste al ángulo exacto de nuestro pecho. Hoy mi nombre es barro. Hoy mi nombre es Miguel. Hoy tengo un dolor que nunca te olvidará, porque nunca emprenderás la marcha. Porque has dejado un recuerdo que todo lo inunda. Tú, Miguel. Esposo, padre, abuelo, amigo, barro. Hombre de paz, con sus brizados pabellones que como aspas clamaban al viento. Hoy me llamo Miguel. Siempre me llamé Miguel. Porque siempre te llevé en el agua clara que recorren mis arterias, junto con el sabor último de tu abrazo, ajado entre mis sienes: la flor que conmovía aún el desierto de mis huesos. Por eso, aquí y ahora, Miguel me llamo, porque barro soy forjado de la misma sed que nos enseñó que la determinación es un arma que sólo saben utilizar los hombres buenos.

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