Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

Moral de victoria

El nuevo estado de alarma, para el que Sánchez pide moral de victoria, no es otra cosas que una derrota

Perdí la cuenta del número de veces que el presidente del Gobierno apeló el domingo a la "moral de victoria" para vendernos el nuevo estado de alarma, que no es otra cosa que la constatación de una derrota. Llama la atención el gusto que le ha cogido Pedro Sánchez al lenguaje épico y bélico en sus plomizas y huecas comparecencias públicas sobre el tema de la pandemia. Por un lado, quizás, porque el Iván Redondo de turno ha hecho una mala digestión de los discursos de Churchill durante el asedio nazi al Reino Unido y, por el otro, porque cuando no se tiene nada que decir o no se quiere decir nada las apelaciones patrioteras llenan minutos y resultan, por los menos, efectistas.

Moral de victoria. La expresión en boca del que allá por junio nos incitaba a salir a la calle a disfrutar porque habíamos logrado "vencer" al virus tiene una alta dosis de patetismo y, si me apuran, de cinismo. Pero eso no es lo grave. Ojalá estuviera el país para hacer análisis del lenguaje de los políticos, algo en lo que los tertulianos de los programas de radio y televisión de Madrid han desarrollado una habilidad digna de mejor empeño. Lo grave es confirmar que estamos otra vez hablando de curvas que no dejan de subir, de colapso del sistema sanitario, de a ver qué criterios se utilizan para adjudicar una UCI, de cuánto tiempo falta para que nos volvamos a encerrar en nuestras casas o de la ruina económica en la que ya estamos metidos de hoz y coz.

En estos larguísimos siete meses que llevamos sojuzgados por el bicho maldito no hemos sido capaces de cambiar el signo de las cosas y, salvo por el esfuerzo de los sanitarios y porque ya no hay que buscar las mascarillas como se perseguía la penicilina en los años del hambre, aquí todo sigue igual. Y en este contexto utilizar el término igual tiene connotaciones terribles. A la hora de señalar con el dedo a los que se hubieran tenido que encargar de prever lo que ahora nos está pasando hay que apuntar al Gobierno y a quien lo preside. Pero no hay que olvidar que tenemos un modelo de gobernación en el que desde junio todo pasa por las autonomías. Y en eso, la nuestra, la Junta de Andalucía del cambio, no desentona del panorama de mediocridad que recorre España desde Finisterre al cabo de Gata. Todo lo contrario, parece que en San Telmo se duda más que en otros suntuosos palacios regionales antes de tomar decisiones duras. Así las cosas, habrá que tener moral de victoria. Por tener algo.

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