Moralistas

Utilizar la ética para el discurso político puede suponer un gran riesgo si no se hace con una base previa que evite manipulaciones

últimamente todo el mundo habla de política o mejor dicho existe una inquietud desbordante en torno al próximo proceso electoral al que a todos afecta. En varias ocasiones me he sumado yo a este tipo de reflexiones cuando he afirmado que no todos los andaluces están representados por los partidos o que en este país la política esta estratificada: tiene niveles de discurso diferentes entre sí y distintos del de los ciudadanos, es decir el discurso de los partidos no es el mismo que el de los medios y en absoluto es como el del pueblo (entonces hablamos de la teoría de los mundos posibles y hasta del multiverso).

Pero dado el incremento de reflexiones sobre el fenómeno político llevo días pensando en otro elemento más: la moral o su uso. Parece que algunas críticas políticas tienen actitud moralizadora o moralizante o que utilizan la moral para hacer política.

A mí esto me parece muy peligroso a la vista de nuestra historia y ante los riesgos de confusión de la ética con la estética, las banderas y las ideologías; me parece un acto de demagogia lleno de riesgos. La ética debe ceñirse a los problemas sobre el bien y el mal y la moral a regularlos normativamente. Y obviamente una crítica electoralista no aborda este tipo de reflexiones. No obstante si se quiere vincular ética a política debe hacerse de otra forma más profesional, porque muy en el fondo es necesario hacerlo. Aranguren trató sobre esto en su Estado de Justicia. El estado, debía garantizar la justicia social y para ello debía extenderse la Ética de la Responsabilidad (entre los ciudadanos).

Sin este trabajo previo, realizado por personas conocedoras de lo que implica un nuevo régimen social, usar la ética para la política es como usar la piscología para la manipulación social: es instrumentalizarla.

Y eso es muy peligroso. Hoy día a ningún crítico se le ocurre seguir los pasos de Aranguren y acercar las cuestiones sobre el bien y el mal a los ciudadanos, en caso contrario solo aspiran a manipular ciertos axiomas clásicos, y versionarlos, para ayudar a hacer campaña electoral y ambicionar a conseguir el mayor número de votantes para los partidos que defienden.

Hablamos así de falacias llenas de riesgos. Y como pasa en Francia, aquí también ha surgido una plaga de nuevos moralistas no profesionales que no son conscientes de los peligros de sus actos cuando deforman la ética a su antojo.

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