Su propio afán

Muchas gracias

Hay trabajos con más exposición pública o menos, pero la importancia va por dentro

Me ha desbordado la generosidad de quienes me han felicitado por tierra, mar y aire por mi nombramiento para la Real Academia Hispano Americana. Yo, que entiendo el alborozo por la belleza del nombre y de la misión de la docta institución, lo he agradecido muchísimo, pero con un pudor doble.

El primero, el obvio. La duda sobre los propios merecimientos, y eso. No se deben explicar más por su propia evidencia y porque, como clama mi amigo Paco Segarra, hacer alarde de humildad es un imposible metafísico a la altura de loar el silencio. Ambos se perpetran mucho, pero ése no es nuestro tema.

El segundo pudor es el que viene a cuento. Resulta que me felicitan antiguos compañeros de colegio y siempre amigos, de la universidad, del trabajo, vecinos y saludados… con unas hipérboles que hablan con exactitud milimetrada del tamaño de su corazón. Yo quisiera explicarles muy demoradamente (lo hago aquí) que el trabajo de un escritor y, sobre todo, el de un columnista tiene por naturaleza un plus de exposición pública que explica estar en un relativo candelero y termina, con mucha suerte. en cosas como ésta. Pero la profesionalidad va por dentro con independencia de los oficios y vocaciones de cada cual.

Es decir, que los conozco. Cada uno en su trabajo atesora méritos como para ocupar una página entera del Diario, con la diferencia de que son trabajos que se ejercen con mayor discreción. Pero que sostienen la marcha de la sociedad; y a tantos que no aportan, o porque no pueden, y entonces se llama "solidaridad", o porque son unos caraduras de elites extractivas, y entonces se llama "expolio". También (los conozco bien) sacan adelante a sus familias, adelante y para arriba, y educan a sus hijos para que sean también ciudadanos ejemplares. Sin planificarlo, logran que la felicidad cotidiana que saben producir a su alrededor provoque esos círculos virtuosos por los que su barrio, su ciudad y su país terminan siendo más luminosos o, al menos, algo menos oscuros.

En definitiva, que recibo todas estas felicitaciones en un relativo silencio (al que ayudan los emoticonos con caritas sonrojadas y sonrientes) y sé, sobre todo, que son de ida y vuelta, porque salen de lo verdaderamente valioso, esto es, de la generosidad intelectual y de un corazón alegre; y yo las devuelvo de volea. Los felicitadores se merecen ser y son ilustrísimos miembros de la divina academia de la vida plena.

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