El manuscrito

Manuel López Muñoz

Muerte en directo, indiferencia en diferido

No puede ser que veamos el terror como algo que le pasa siempre en diferido a otros

Cuando, estando de viaje, vi en televisión las imágenes de cómo asesinaban a cincuenta personas a tiros en Nueva Zelanda, juré no volver a conectar los informativos de esa cadena. De verdad, ya no entiendo si hemos perdido el sentido de la realidad, el de la decencia o todo junto. El informativo (perdón por el nombre), sin encomendarse a Dios ni al Diablo, pero sí al demonio de las audiencias, emitió las imágenes sin avisar de su contenido ni disculparse después. Plano subjetivo. Personas que caen a balazos. Un grupo de seres humanos heridos, en el suelo, rematados de una ráfaga. Sangre. Llanto. Gritos. Angustia. Miedo. Incapacidad de comprender qué ocurre. Un salvaje matando y una cadena de televisión volviendo a matar a esas personas al emitir su muerte en directo.

¿Tan degenerados nos hemos vuelto que le hacemos el juego a los locos? ¿Tan alienado se puede estar para difundir eso como si nada? ¿Tan insensible como para no entender que han vuelto a asesinar a las víctimas mostrando su muerte en directo e indiferencia en diferido? ¿Tan ajenos vivimos a la moral para ver algo así sin sentir como si nos arrancaran el hígado pasando unas tenazas al rojo vivo por la garganta? Las víctimas estaban en una mezquita. Rezaban a Alá, a su Dios. Allí los mataron. Los supervivientes y sus familiares no prorrumpieron en gritos de venganza contra nadie, vagaban buscando a sus seres queridos con la certeza de encontrarlos muertos y la esperanza de que no se cumpliera esa certeza. Otras veces hemos visto cómo, tras un horroroso atentado cometido por uno o varios musulmanes, se ha empezado a hablar de guerra santa, se han endurecido las leyes, se han tomado represalias armadas o se han invadido países. Otras veces lo hemos visto, pero ahora no he leído que nadie pidiera ilegalizar, perseguir ni tomar venganza contra esa extrema derecha en la que se apoyaba aquel bárbaro que mató a cincuenta personas a tiros en Nueva Zelanda. No puede ser que valoremos antes la identidad de la víctima que el hecho de que la hayan asesinado. No puede ser que nuestra sociedad tenga distintos criterios de medida. No puede ser que veamos el terror como algo que le pasa siempre en diferido a otros. Para mí, esas personas que murieron a balazos son mis hermanas, le recen a quien le recen, pero quienes se encogen de hombros, quienes venden su muerte, no son seres humanos: son enemigos de la Humanidad.

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