Nolde

Nolde fue un artista formidable y un caballero inicuo. El primero era fruto de su talento, el segundo, hijo de sus miedos

La semana pasada supimos que la canciller Merkel había mandado retirar dos cuadros de Emil Nolde que decoraban su despacho y que eran de su especial predilección. ¿Por qué? Por que la señora Merkel ha descubierto, acaso un poco tarde, que el pintor Nolde era también el antisemita Nolde, el nacional-socialista Nolde, y no sólo el soberbio pintor expresionista -"arte degenerado" se le decía entonces-, que estuvo prohibido bajo el Reich milenario. Es decir, que el arte de Nolde, hoy como entonces, sigue siendo juzgado por criterios políticos y no por su espléndida soberanía plástica, llena de calor, de oscuridad y misterio.

Sería fácil traer aquí numerosos ejemplos de politización intelectual o artística. Politización que los totalitarismos aplicaron masivamente, y que distinguían un arte judío, un arte degenerado, un arte burgués, etcétera, del verdadero arte que ellos, y sólo ellos, estaban en condiciones de definir. De hecho, una parte sustancial del arte contemporáneo se mueve, todavía, entre el slogan y la prédica doctrinaria, de modo que en los museos conviven la majadería y la excelencia sobre un fondo de "arte comprometido", irremisiblemente pueril. Con tales criterios, el esclavista Rimbaud debiera quedar fuera de cualquier libro de texto; pero también el comunista Sartre, el nacional-socialista Heidegger, y todas aquellos intelectuales y artistas que sintieron admiración por los más grandes asesinos que haya padecido la humanidad. Recordemos que el propio Hitler era un mediano acuarelista, cuyo fracaso artístico le condujo, probablemente, al caudillaje y la exaltación de veteranos de guerra. A Stalin, por su parte, debe reconocérsele un temprano ensayismo, anterior a su extraordinaria voracidad criminal.

El problema que vuelve a plantear Nolde, a una escala muy inferior, es aquel mismo que ya se le había presentado a nuestro paisano Séneca: ¿Y si Nerón, sobre ser una compañía poco aconsejable, fuera un excelente poeta? Desde luego, no parece el caso. Sí podemos aducir el ejemplo de Pound, a quien se prefirió recluir en un manicomio, antes que aceptar su primacía artística y su admiración por el fascio. Para explicar tal paradoja, la paradoja del arte y de la vida, Gide acuñó un adagio de naturaleza romántica: "Con buenos sentimientos se hace mala literatura". No es necesario llegar a tanto, sin embargo: Nolde fue un artista formidable y un caballero inicuo. El primero era fruto de su talento, el segundo, hijo de sus miedos.

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