Noventa vacunas

El acervo de las trampas no tiene límites y los pícaros asumen grandes riesgos por un beneficio rápido

La picaresca toma distintas formas y maneras, buena parte de ellas propias del engaño, del embuste o de otras trapacerías que son sugerentes como argumento y género literario: la novela picaresca. Asimismo, por razón de los tópicos y los prejuicios, países hay donde el quehacer de los pícaros tiene mejor acomodo y provecho y otros donde el carácter de las conductas o las características de la idiosincrasia social no se prestan tanto a la picaresca. Alemania acaso resulte de estos últimos, siquiera sea por la subjetividad de los antedichos prejuicios. Y por eso llama todavía más la atención que un hombre de sesenta años, en el estado de Sajonia, se haya vacunado noventa veces, ante la pandemia del COVID, para, de ese modo, vender pasaportes sanitarios manipulados a personas que, por distintas razones, como las posturas negacionistas ante el virus, no hayan querido vacunarse, pero sí pretendan contar con las posibilidades que ofrece ese pasaporte; sobre todo si, ante la retirada de las mascarillas, se exige para determinados accesos y concurrencias. Los científicos, no reclamados por la picaresca sino por las condiciones biológicas del pícaro, se han interesado por reconocer y hacer análisis a este, dada la inaudita situación de haberse inyectado novena vacunas del virus sin que la salud le haya impedido hacerlo.

Los pícaros literarios, más medievales que posmodernos, estaban urgidos por las primarias apreturas del sustento para engañar el estómago. Aunque también por las incipientes manifestaciones del pelotazo lucrativo. Mas el pícaro alemán es probable que comparta parecidas razones y tenga no menos arrojos porque noventa pinchazos de vacuna no aniquilan el virus, sino que facilitan el contagio e incrementan sus graves efectos, salvo por esas condiciones extraordinarias que los científicos esperan encontrar en la salud de este pícaro sobreviviente.

El acervo de las trampas y los ardides no parece tener límites y el comportamiento de los pícaros pasa de las burlas o habilidades, que perjudican o menoscaban a terceros incautos, al riesgo de jugarse la vida por un beneficio rápido y, si acaso, rentable.

Extraña asimismo que se haya tardado en comprobar tan reiterada y mayúscula administración de vacunas a una misma persona, porque parecen exhaustivos los controles y no fáciles de sortear en tan numerosas ocasiones. Pero los pícaros se valen de destrezas singulares y hasta les asiste la entereza del cuerpo para sortear malsanos riesgos

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