Ojo al capital psicópata

Que los llamen fondos buitre no es un eufemismo gratuito. Aprovecharon la crisis bancaria

Viene revelando estos días la prensa local algunas transacciones millonarias que atañen a varias empresas almerienses singulares o, si quieren, representativas de lo que ha sido, hasta ahora, nuestra afanosa economía provincial. Se trata, al parecer, de inversiones patrocinadas por fondos que llaman de capital riesgo, esos que se distinguen por su accionariado anónimo y una gestión inextricable, pero de un irrefrenable poderío, gélido, implacable. Una portada notició la compra por un fondo luxemburgués, de un paquete mayoritario del accionariado del grupo Agroponiente, que factura más de 300 millones al año. Otra portada informa de la adquisición por un fondo americano, del rascacielos ejidense Torrelaguna, el edificio más alto de Almería. Y les seguirán más compras y portadas, sin duda. Estas acaso sean solo un hito iniciático en el imparable flujo inversor de un capitalismo psicópata, que llega por fin a nuestro sector agrícola, en el que hasta ahora primaban las empresas familiares y una cultura sociorural artesana, humanista, no exenta de empatía grupal y de solidaridad colectiva en los difíciles vaivenes productivos, siempre duros y azarosos, que ha distinguido históricamente la agricultura mediterránea. Un hábitat que va a alterar, sensiblemente, este modelo de capital feroz que se distingue por su furor cortoplacista y su despreocupación por las secuelas socioeconómicas de los negocios que exprime o por las consecuencias lugareñas de su gestión.

Que los llamen fondos buitre, no es un eufemismo gratuito: aprovecharon la crisis bancaria para adquirir miles de créditos que luego reclaman con una agresividad judicial que los bancos no solían usar por el deterioro afectivo que arrastra desahuciar al paisanaje. Pero estos fondos, con sus gestores, sin nombre ni rostro, operando a miles de kilómetros de aquí, carecen de temor al reproche colectivo, si este no pone en riesgo su insaciable codicia de lograr beneficios desmesurados, y por tanto operan indiferentes a la repercusión social de sus especulaciones. Una indolencia por el bienestar común que no debería quedar sin control y sin una regulación política rigurosa que aplaque y humanice esa avidez capitalista que equipara la valía y dignidad humana a su capacidad de rendimiento económico. Aunque estos políticos de hoy, los pobres, viven solo enfrascados en ventilarse sus currículos, a ver quién fue peor estudiante.

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