Optimismo sarcástico

Más que un pesimista mal informado, el optimista puede ser sarcástico, camuflado con la candidez de la ingenuidad

Afirmar que vivimos en el mejor de los mundos posibles, si en todo momento puede resultar una declaración contradictoria, puesta ante el espejo la indumentaria de los días, todavía más cuando, como ahora, una pandemia mundial asusta y empeora la existencia. Asimismo, decir que todo sucede para bien -como variante del no hay mal que por bien no venga- es una manera de conjurar la fatalidad, acudiendo a un optimismo no poco sarcástico y, por eso mismo, irónico. Así lo hizo, a mediados del XVIII, Voltaire, en las páginas de Cándido. Preguntado este sobre qué era el optimismo, respondió: "No otra cosa que el empeño en sostener que todo es magnífico cuando todo es pésimo". Luego, más que un pesimista mal informado, el optimista es alguien sardónico, sarcástico, camuflado con la candidez de la ingenuidad. Cuando Cándido encuentra, en un lamentable e infeliz estado, a su maestro Pangloss, el filósofo le confiesa haber gustado las "delicias del paraíso" con una bella sirvienta, aunque le estuvieran provocando tormentos infernales que lo devoraban. Y relata, además, que la sirvienta recibió la infección de un fraile, bastante sabio, que conoció el origen del mal con una vieja condesa que, a su vez, lo había recibido de un capitán de caballería obsequioso además con una marquesa, y esta portadora lo era por sus tratos deleitosos con un paje, asimismo entregado a un novicio que acompañaba nada menos que a Cristóbal Colón. Pangloss, sin embargo, reconoce que no podrá legar el mal a nadie porque se muere. Y Cándido acude a la sabiduría de su preceptor para preguntarle si tamaño linaje no tendría en su origen al mismísimo diablo. Responde el maestro que nada de eso, sino que "ésta era cosa indispensable en el mejor de los mundos, un ingrediente necesario. Porque si Colón no hubiera atrapado la enfermedad en una isla de América, esa enfermedad que envenena toda fuente de generación y que con frecuencia impide la misma, oponiéndose a los fines específicos de la naturaleza, nosotros no habríamos tenido la suerte de conocer el chocolate ni la cochinilla". ¿Cabe optimismo más sardónico? Con las debidas distancias, no solo literarias, anunciar provechos del mal "coronavírico", cuya transmisión no necesita la cooperación venérea, o ponderar ciertas bondades de la proclamada nueva normalidad, acaso participen de ese optimismo irónico con el que cursa el sarcasmo para afincarnos en el mejor de los mundos posibles.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios