Aún faltaba media hora para empezar su turno y decidió entrar en la cafetería de enfrente. Solo había dos mesas ocupadas, se sentó junto a la ventana, y cogió un diario. Un día más la portada mostraba una imagen de decenas de personas apiñados sobre la cubierta de un barco, rostros de tez oscura, gesto triste, ojos excesivamente abiertos, llanto…Pasó las páginas hasta la sección internacional, y de nuevo su tierra era noticia, la fotografía era demoledora, la ciudad destruida, las mujeres huyendo con sus hijos en brazos, era la imagen de GuerniKa en Oriente Medio. Recordó el día en que su padre lo llamó a su despacho, y con gesto adusto le dijo que la familia había decidido enviarlo a estudiar a Europa, no querían que sufriera el destino que esperaba a su pueblo. Nunca volvió, acabó sus estudios, se casó y aquí nacieron sus hijos. Cierto era que viajó a su tierra en un par de ocasiones, pero siempre volvía con el regusto amargo del que deserta, y al morir sus padres, decidió no volver. Al otro lado de la cafetería, el camarero le miraba con cara de disgusto: que se habrán creído estos inmigrantes! , le dijo a un cliente que se encontraba sentado junto a la barra, vienen a quitarnos el trabajo: dijo este. Y ambos le dirigieron una mirada de pocos amigos. Pasó dos veces al lado de su mesa, sin preguntar que iba a tomar, pero él ni se dio cuenta, absorto como estaba en sus pensamientos. Cerró el periódico, miró su reloj y comprobó que faltaban solo 15 minutos para incorporarse a su puesto de trabajo, alzó la mano dirigiéndose al camarero y subiendo el tono de voz, le pidió un café con leche. Sus pensamientos ahora se dirigieron a su trabajo, esta tarde tenía un mal trago que pasar, una de sus más queridas pacientes estaba citada a primera hora, tenía que darle los resultados de las pruebas a que se había sometido en el Hospital y eran malas, muy malas. Rezó a todos los dioses por que hoy viniese acompañada, le iba a costar mucho decirle que se le había diagnosticado ELA. Llegó el camarero con cara de pocos amigos, le puso el café sobre la mesa con una dura mirada y se quedó allí hasta que le pagó los dos euros del café. A pesar de que ya estaba acostumbrado a encontrarse con personas así, tenía que reconocer que le hería este tipo de actitudes, y que, si fuese una persona más violenta, en más de una ocasión habría tenido serios enfrentamientos. Pero no se inmutó, puso los dos euros sobre la mesa, se tomó el café, se levantó y pasó por el lado del camarero y su amigo, quienes de forma ostentosa, le siguieron con una mirada de desprecio. Entró en su consulta, se puso la bata y le dijo a la enfermera que fuese llamando a los pacientes que tenía citados. Se abrió la puerta y entró Clara, cogida del brazo de un joven.

Doctor, hoy he venido acompañada de mi hijo, no me encontraba muy bien. El camarero bajó los ojos, y apretó el brazo de su madre

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