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Perder el norte

Perder el norte es dejar de queremos a nosotros mismos y convertir lo que somos en un autómata frio y vacio

Afinada la vista desde el otero, el calor y el aire de la mañana suele quemarse en la garganta cuando no hay espacios donde expandir la mirada o cuando la mirada sabe a desvío o incluso perdida, la pérdida del norte: ese tumulto invisible de sentirse embestido por otro yo mismo u otro transformado por el uno. Porque perder el norte es desviarse del camino, del camino interior, del objetivo trazado previamente, del sendero hilvanado por la mejor versión de nosotros mismos cuando el ser frente al espejo marcaba con absoluta claridad las ideas. Perder el norte es perder la estrella de norte, cuando eres navegante y sabes que estás a la deriva. Perder el norte, desde el otero y con el aire de la mañana, es traicionarse a uno mismo o saberse traicionado. Eso sucede cuando sin darnos cuenta destruimos nuestra honestidad, esa guía o brújula necesaria hacia nuestro destino. La honestidad es una virtud, la de actuar conforme a como se piensa o se siente, con coherencia, con rectitud, del lado de la verdad. Marco Tulio Cicerón dijo que la honestidad se contraponía a lo útil y práctico porque era una disciplina para la mejora de uno mismo. Confucio añadió que era la habilidad de estar en armonía con el entorno, con la comunidad donde uno habita, estableciendo lazos de confianza y lealtad. Desde estos oteros perder el norte es perder la honestidad. Incluso cuando uno obtiene éxito y popularidad en la pérdida de honestidad también ha perdido el norte porque no es la misma felicidad ni el mismo éxito que se obtendría siendo honesto. La popularidad sin el norte es temporal e revertible, puede convertirse en impopularidad si el otro yo se transforma en un tercer alter ego sin control. La honestidad es el límite ético del caos personal, del drama que portamos cada uno de nosotros y que necesitamos ordenar para poder seguir adelante. Arriesgarse a desordenar el drama es la perdida en el caos, en el laberinto de los subjetivo y emocional, en el desorden de nuestro universo psicológico. Perder el norte es adentrarse en ese laberinto corriendo el riesgo de vivir una vida lejos del propio drama y embestida por los muros creados por nuestro otro yo. Tal vez suponga perder la empatía hacia uno mismo, perdiendo así el amor propio hacia lo que somos en realidad. Perder el norte finalmente es convertirse en un autómata, frío, muerto, condenado… y muy vacio.

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