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Pintar bodegones

Es un ejercicio puramente abstracto, donde, podríamos decir, el tema no existe

En estos días de encierro forzoso me empleo en la pintura de bodegones, tan difícil, importante y definitoria. Tradicionalmente se ha considerado siempre al bodegón como un tema "facilón", quizá porque, en el comienzo de todo aprendizaje para el dibujo, se acude siempre a él. Antiguamente, en los primeros cursos de Bellas Artes, se impartía la asignatura de "Preparatorio de colorido", que no era otra cosa que el ejercicio de pintar bodegones del natural. En el bodegón suelen aparecer formas y objetos con un dibujo más sencillo que el cuerpo humano y el retrato y, además, permanecen inmóviles todo el tiempo necesario para que podamos representarlos, sin prisa. Se colocan normalmente en un interior donde también la luz puede permanecer prácticamente inamovible a lo largo de largas sesiones. Por todas estas razones, siempre fue el tema idóneo para iniciarse. Ello generó un cierto desdén histórico hacia él y se entendía como un género pictórico de segunda categoría. En la gran tradición clásica occidental se valoraba mucho más la figura humana y, dentro de ésta, los cuadros de composición con muchas de ellas, preferentemente narrando algún suceso, donde el artífice podía medir ante los demás el alcance de su talento. En sus disertaciones velazqueñas, Ortega afirmaba que "en el bodegón no pasa nada ni aparece objeto alguno importante… el bodegón es la trivialidad pintada". Pese a todo, no es así. Parir un bodegón de calidad es igual de dificultoso -o incluso más- que cualquier otro motivo. El bodegón es un ejercicio de composición pura, de arquitectura formal de la imagen, reducida a planos, zonas, líneas y volúmenes. Es un ejercicio puramente abstracto, donde, podríamos decir, el tema no existe. Por ello, alumbrar un buen bodegón es tan difícil. La pintura queda en él confinada a sus elementos visuales más esenciales y puros, mínimos. No vale con una simple composición, con una arquitectura simplemente correcta, vulgar. Hace falta que aquello tenga algo más, una ordenación sutil y poética, refinada, capaz de atraer y seducir por su belleza ordenada. Ejemplos sublimes no faltan en la historia del Arte, cuya mera contemplación en estos días es un acicate para la emulación y el disfrute: Zurbarán, Chardin, Manet, Fantin Latour, Cézanne, Morandi…personalmente prefiero aquellos donde, por su simplicidad, los elementos se ordenan con una poesía realista austera y verdadera, en composiciones humildes y auténticas, de sabia euritmia.

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