Vivir en democracia es cuestionar continuamente, no solo el tejido social, sino también aquella que realizan los políticos, creando un espacio común donde ambas fuerzas son la resultante de una línea reivindicativa; no hacer esto supone caer en un seguidismo irracional, convencido de un fracaso social que ofrece la demanda democrática. Pero esto es algo que algunos de nuestros parlamentarios no han conseguido superar, operando al margen de un mercado elitista, siempre pendiente de una realización plena, imposible de reducir a un logro asentado de forma natural dentro del universo total. Pero todo esto, no es válido si solo nos ofrece la resolución de problemas a corto plazo, sino que además, estos habría que hacerlos valer; todo esto debe desarrollarse de esta forma, no solo ante elites privilegiadas, integradas en el sistema democrático, o de lo contrario nos veremos avocados a la sinrazón e inmoralidad legitimada por un parte de la sociedad democrática con políticas de corte tecnocrático. Todo esto, sin lugar a dudas, no es objeto solo de la orbe social española, sino que asistimos a un deterioro importante de la elite política mundial; y como no, al deterioro del sistema democrático que encuentra una burocratización en los partidos políticos; y dentro de ellos, algo que algunos políticos no han comprendido cabalmente, tendiendo a auto perdonarse o auto garantizarse bajo una legitimación falsa, que no solo ni funciona al margen del mercado político, sino también del tejido social; un ejemplo de esto nos lo han dado las elecciones americanas y su todavía presidente Donald Trump, instigador del ataque al Capitolio, y del que se ha llegado al caso de pensar en aplicarle la veinticinco enmienda que advierte al Congreso de una incapacidad del presidente; es aquí donde debe justificarse la cuestión moral del proceso democrático que trata de que los gobernantes respeten los deseos de los individuos. Sin embargo en situaciones la elite política se rige por centros de poder, de burocracia que dan respuesta a un sistema inacabado, insatisfecho y por tanto siempre pendiente de la realización plena; es algo artificial, imposible de reducir a un logro final, algo que está asentado de modo natural en el universo social. Una democracia que ofrece instrumentos de solución de problemas, pero que es incapaz de hacerlos "valer" solo puede ser tildada de ineficaz, si no logra resultados concretos, aunque sean pasajeros, pueden llevarnos a la inmoralidad de cualquier grupo social privilegiado.

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