Pulpops

Dijo que tenía que preguntar al organizador, un tal Iborra, alguien de cultura del ayuntamiento

Estaba allí como una tigresa abatida por las garras de la nada. Nadie se atrevía a acercarse, ni siquiera sus compañeros. En el festival Pulpop de Roquetas de Mar la seguridad era extrema, guardia civil, policía local y seguridad privada de varias categorías, verde, amarilla, en cada puerta de entrada o de salida. Seguridad en las gradas, seguridad en la arena. Mi chica nunca había estado nunca en una plaza de toros. El batería de Los Punsetes me dijo que había tanta seguridad por si saltaba un espontáneo y al principio no lo capté. Claro, una plaza de toros, un espontáneo. Antes, en el escenario, ella estaba allí hierática y estática haciendo pegar saltos a la multitud, que en realidad eran unas mil personas, no más. Yo llevaba su último cd en el bolso de mi chica con un rotulador permanente. Una vez que terminó el concierto la cuestión era como entrar en el laberinto. Quise entrar por la parte lateral del escenario pero me dijeron que sólo podían entrar los que llevaran pulsera, le dije que sólo quería que me firmaran un disco pero fue imposible y me dijeron que fuera por la puerta de atrás. Di la vuelta a toda la plaza por el exterior y me encontré con el mismo problema. Me dijeron que podía esperar a que salieran, lo cual podía producirse en horas y que salieran incluso en autobús por lo que ya a punto de tirar la toalla volví al punto de inicio, a esperar a ver si salían. Ya habían encendido las luces de la plaza de toros y había un señor que creo que era un concejal o algo así. Le pregunté cómo podía hacer para que me firmasen un disco. Dijo que tenía que preguntar al organizador, un tal Iborra, alguien de cultura del ayuntamiento. Llamó al tal Iborra y este dijo que tenía que preguntar a los artistas, porque cada uno tiene sus cosas. Los artistas, Los Punsetes, estaban allí, bueno, estaban los chicos, allí en una salida de toriles o algo de eso. Por supuesto dijeron que por supuesto. Y entré por fin en el laberinto. Y firmaron cada uno de ellos, de ellos. Ella no estaba o al menos no estaba allí. Uno me hizo un escudo del Real Madrid y ninguno me hizo ningún mal gesto. Pregunté por ella y me dijeron que estaba en los camerinos. Esperé un poco a ver si salía. Y me di cuenta de que tendría que atravesar otro laberinto pero ya sin guardianes. Entré sin preguntar nada y estaba allí, sentada en un sillón, como una tigresa abatida por las garras de la nada.

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