¿Quiere usted aprender bien a hablar en público?

Con ignorantes contratando a buscavidas, se consigue crear la impresión de que la Oratoria consiste en no callarse ni bajo el agua

C OMO me dedico, entre otras cosas, a enseñar a hablar en público, antes o después me topo con alguien que me pide opinión sobre el estado de la Oratoria en nuestros días, me pregunta quién me parece el mejor orador (ahora los llaman "comunicadores") o con quién podría aprender a expresarse mejor. Son cuestiones fáciles de pensar y terriblemente difíciles de contestar porque, como decían los antiguos maestros de Retórica, el buen orador es, por este orden, una persona buena y experta hablando en público. A veces, me siento como Diógenes, con un candil encendido a plena luz del día a ver si encuentro una persona decente o, en el caso que nos ocupa, un buen orador.

Proliferan los cursos de falsa Retórica, organizados por intrusos y advenedizos sin conocimientos de lo que se debe aprender ni capacidad de contratar sino a vendedores de humo. Así, con ignorantes contratando a buscavidas, se consigue crear la impresión de que la Oratoria consiste en no callarse ni bajo el agua y en la mágica cualidad de encandilar con palabras, hechizar con ademanes y deslumbrar con una buena apariencia. Si les ofrecen aprender en un pispás y sin esfuerzo o recetarios de gestos, entonaciones vocales, lenguaje no verbal y control del miedo, háganme caso y huyan. Todo esto es necesario, pero no lo único.

Decía Mesala en el "Diálogo de los oradores", de Tácito, que la decadente Oratoria de sus tiempos no se debía a falta de preparación, sino a la: "desidia de los jóvenes, negligencia de los padres, ignorancia de los maestros y olvido de las costumbres tradicionales", como se lee en la traducción de Gredos. En otras palabras, un buen orador se hace con principios morales y técnica, con una buena formación intelectual y un buen programa de estudios, con un sistema que, en vez de entrenar papagayos de bello plumaje y farfolla mental, contribuya a crear los que Cicerón llamaba "filósofos elocuentes". Los cursos que se limitan a los "verba" (las palabras) y los "gestus" (los gestos) despreciando al tiempo el conocimiento (las "res") y los principios, ya sean asignaturas o vengan avalados por este o aquel escudo oficial, no enseñan a hablar en público, sino a menear la lengua, y lo reducen todo a posturitas, juegos de manos, morritos y fotitos de Instagram. Los de Clásicas sabemos bien a qué conduce eso. A quien pregunte para qué estamos, siempre podemos decirle que para enseñar Retórica bien.

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