A Con-Ciencia

Radical, que eres un radical

No dejamos que la realidad nos hable, preferimos decirle lo que queremos oír

Cuando se acusa a alguien de radical por nuestras ideas, se hace desde el mayor de los desprecios a la inteligencia. No digo que quien te lo diga no te quiera: ¡en absoluto, en ocasiones se trata de personas entrañablemente cercanas! Otras, se trata de descerebrados que han cambiado la barra del bar por el muro del Facebook®, ebrios sin motivos, y no tiene mayor importancia. Pero, en cualquier caso, lo que es terrible, a la vez que lamentable, es la ausencia de reflexión sobre lo que has podido emitir, oralmente o por escrito, y que en la cabeza de quien lo lanza empieza un proceso de metamorfosis en el que adiposamente se va cargando de una serie de imágenes que nada tienen que ver con lo que tú has podido decir…, o tal vez sí, pero no tienen por qué estar conectadas. Por ejemplo, si digo "estoy a favor de un referendo en Catalunya para que decidan sobre su forma de relacionarse con España", objetivamente puedes afirmar que "la Constitución española lo impide" (lo cual no es unánime entre todos los constitucionalistas…), pero lo que no puedes decir es que -a consecuencia de mi afirmación- soy independentista o que me quiero cargar España…, o burradas que no caben en esta angosta columna, y sólo son fruto de hacer tuyas una serie de afirmaciones que, una vez publicadas, ya son opinión pública.

No podrás llamarme…, pero me llamas; porque sabes que la función social de la pedrada se realiza en el encasillamiento del otro. Por eso, si ves la misa en La 2, debes ser un meapilas; si eres rico, entonces votas a la derecha; si eres cristiano, no eres científico; si eres asalariado, debes ser de izquierdas, si eres empresario, sólo buscas tu propio beneficio; si vistes impecable, eres persona de confianza; y así, todo un largo etcétera de Gil i Polleces que hacen muy difícil ser equilibrados en nuestros comportamientos. Porque no usamos adjetivos calificativos, usamos adjetivos descalificativos. Porque, no nos engañemos, la presencia del otro nos prejuzga desde nuestra llegada a cualquier lugar. Y así es cómo construimos nuestra visión de la realidad. Porque la realidad no es lo que es, sino lo que construimos, porque necesitamos construirla para hacerla habitable. Porque no dejamos que la realidad nos hable, porque preferimos decirle lo que queremos oír, y como eco…, poniendo cara de otro -para que esa voz no nos resulte familiar- escucharemos lo que queremos oír.

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