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Resistiré a los macarras de la moral

Personalmente, preferiría oír canciones de esperanza, letanías de salud e himnos a la soledad

Si confinados entre las cuatro paredes de nuestras casas, la ventana y la terraza se han convertido en la única expansión física de nuestro yo aparte de salir a hacer la compra o pasear al perro. Por las tardes, nos asomamos al balcón y tenemos que chuparnos el "Resistiré", el "Almería", el "Viva España" y el himno nacional, más sonoros que los aplausos y sus razones. Personalmente, preferiría oír canciones de esperanza, letanías de salud e himnos a la soledad, "criatura primorosa que no sabe que es hermosa ni sabe de amor ni engaños", como cantaba Emilio José.

No parece posible: todos sabemos que se vitorea a los sanitarios, pero los vivas son a España; todos sabemos que se juegan el físico por nosotros, pero se nos mete entre ceja y ceja un himno egocéntrico que habla de resistir uno por sí mismo frente a todo: "Cuando me amenace la locura, cuando en mi moneda salga cruz, cuando el diablo pase la factura o si alguna vez me faltas tú, resistiré". El himno del agradecimiento a los sanitarios es la descripción del clásico "flectitur nec frangitur", la imagen de la caña que se dobla y no se quiebra o, como dicen los Dinámicos, "el junco que se dobla pero siempre sigue en pie".

Desde los balcones y las redes, esta España de autos de fe da pábulo a los nuevos inquisidores, que: "organizan sus cruzadas contra el hombre libre más o menos responsable de todos los males". La canción que Serrat le dedicó a los macarras de la moral sigue vigente. Son seres primarios que: "si no fueran tan temibles, nos darían risa; si no fueran tan dañinos, nos darían lástima porque, como los fantasmas, sin pausa y sin prisa, no son nada si se les quita la sábana". Se arrogan el derecho de insultar a otros sin saber sus motivos los mismos que rebotan como locos todo tipo de cosas y condenan a golpe de titular a quien no ha sido ni procesado. "¿No piensas lo que yo? ¡A la hoguera! ¿Cómo que me equivoco? ¡A la hoguera! ¿Defiendes a fulano? ¡A la hoguera!" Fuerza es recordar a Javier Krahe: "Pero dejadme, ay, que yo prefiera la hoguera, la hoguera, la hoguera". Demostró Tucídides que la primera víctima de la guerra es la decencia y, como escribió Tácito, se acaba llamando paz a lo que sólo es un desierto. Cuando me topo con estas actitudes, intento no caer en la trampa de copiarlas y, sobre todo, cultivar la virtud de la serenidad, hermana de todos los corajes y madre de todas las victorias.

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