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Retorno de la Sociedad Civil

La Sociedad Civil cobra cuerpo y estructura cuando la urgencia y los apuros de una situación política y social la reclaman

Surgieron los partidos políticos para dar un cauce formal a la opinión pública. Su labor ha consistido, desde su nacimiento, en acoger los intereses de los diversos sectores sociales y transmitirlos a los órganos de poder. Se delega, por tanto, en ellos, mandatos y propuestas colectivas que sus dirigentes deben asumir y, en lo posible, llevar a cabo. Para garantizar este acuerdo representativo los partidos confeccionan programas explícitos, y se comprometen a respetarlos ante sus electores. Como contrapartida, los ciudadanos pueden y deben pedir cuenta de las promesas contraídas; es decir, del uso que se hace de sus votos. Se trata de un mecanismo democrático, antiguo y elemental. Pero el problema aparece cuando, tras unas elecciones, un partido se desvía de lo previsto, manipula y decide por su cuenta y riesgo adentrarse más allá de lo apalabrado. Ante tal desconcierto, unos -los más pasivos- aconsejan aguardar a las próximas elecciones para manifestar su indignación y castigar a los políticos oportunistas que han olvidado sus compromisos. Otros, en cambio, no se resignan y buscan la forma de mostrar su irritación ante la burla. Un nuevo cauce para que circule la opinión de los que se sienten defraudados la ofrece la Sociedad Civil: una entidad -en apariencia- etérea, pero que cobra cuerpo y estructura cuando la urgencia y los apuros de una situación política y social la reclaman. Frente a los partidos, este entramado cívico no dispone ni de orgánica ni aparato jerárquico, pero sabe aglutinarse con fluida y cálida espontaneidad. Y acude a la llamada de un peligro político inminente, respondiendo con franca movilización colectiva. Esa voz temerosa empieza a resonar por muchos rincones de España. Porque sería ingenuo esperar cuatro años para que unas nuevas elecciones permitan expresar los desacuerdos con las recientes formas de transigir ante el separatismo periférico. Por su carga simbólica, estas concesiones significan mucho más que simples medidas tácticas. Sólo las expectativas públicas que despiertan resultan irreversibles para la convivencia del país. Por fortuna, parece ser que la silenciosa Sociedad Civil española empieza a moverse, a tender hilos y organizarse, con el único fin legítimo que justifica su existencia: expresar su opinión pacífica y abierta sobre los acontecimientos que se están gestando en los entramados del poder. El retorno de la voz cívica de los ciudadanos, de la gente de la calle, se hace cada día más necesaria y la plaza pública debe ser el mejor medio para que su opinión se airee y difunda.

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