Comunicación (im)perinente

Francisco García Marcos

El Rey Demérito (cuento para niños republicanos)

A la fiesta macabra se sumaron pirómanos llegados de mil lugares, aunque esa no era la raíz del problema

Muy Muy Lejano sus moradores estaban ufanos. Aunque lo había criado un ogro perverso, su rey era un tipo locuaz, amante de las chanzas y las chuscadas. Lo llamaban El Campechano I y permitía incluso ciertas confianzas al populacho, como cuando la Cofradía Vitivinícola le concedió la Gran Cruz del Borracho de Oro. En aquellos tiempos, al principio de su reinado, sus asuntos provocaban una connotación festiva: cuando salía a navegar con sus amigachos, las escapadas furtivas de palacio, su espontaneidad y cercanía.

Aunque era cristiano, tenía un serrallo digno de un jeque. Sus súbditos le tomaron el gusto a apostar cuál sería su última conquista, si era famosa, dónde se encontraban, cómo se lo tomaba su esposa Moira, llegada desde el otro lado del mar para decorar el trono. Pero un mal día, la gélida Volva, una de sus favoritas, quiso ser reina. A Campechano I le hizo gracia la idea, jugueteó con ella, pero finalmente se retractó y volvió a sus aposentos, como si tal cosa. Solo que Volva, despechada, empezó a contar procacidades íntimas del monarca. Fue como si se interrumpiese un bello sueño. De repente, los habitante de Muy Muy Lejano se vieron expuestos ante una realidad agreste: su rey gastaba el dinero público en jolgorios, defraudaba a Hacienda, había puesto a su yerno al frente de negocios oscuros y, por lo demás, tan solo tomaba en serio la navegación y la caza de elefantes.

Si Campechano I hubiese leído a Confucio, habría aprendido que las palabras y las acciones de los soberanos son determinantes para el buen gobierno de sus pagos. Transmiten mensajes poderosos en los que se reflejan todos los demás. Son la baliza que señaliza el camino. Por eso, tales menajes conducen, inevitablemente, hasta las puertas del paraíso o hasta la tempestad del fracaso colectivo.

No, por supuesto que no sabía ni quien era Confucio por lo que perdió hasta el nombre. Pasó a convertirse en el Rey Demérito. Podría haberse convertido en un simple episodio histórico más, de no ser porque el despertar del sueño llevó al país a la frustración y la desconfianza, al descrédito de lo público y a un irredento hastío. Así que, cuando encarcelaron a un juglar desaliñado por criticarlo, Muy Muy Lejano ardió por los cuatro costados. A la fiesta macabra se sumaron pirómanos llegados de mil lugares, aunque esa no era la raíz del problema. Los responsables últimos de aquel desaguisado fueron el rey Demérito y su casta de bufones que, simplemente, habían engañado a un pueblo.

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