Señor ministro

Un ministro necesita un mínimo de 50 acólitos para salir en las fotos de la prensa local y doble página siempre a color

Los ministros viajan y hacen visitas de ministro a las provincias. Organizan metódicas protocolarias los subsecretarios y todos sus funcionarios que miden el tiempo y el espacio, el séquito y las dietas, los horarios, los hoteles, la seguridad y los camarógrafos que impresionan el NO-DO de los tiempos modernos. Un ministro necesita un mínimo de 50 acólitos para salir en las fotos de la prensa local y doble página siempre a color, 50 acólitos que sumados a los 30 acólitos del alcalde hacen la muchedumbre necesaria para que resplandezca en las fotografías la intensidad de su cargo y visita. Un ministro cuando viaja no va a negociar a cara de perro el futuro de sus administrados, en una lucha desesperada, arremangándose y fumando interminablemente en una mesa de negociación a victoria o muerte, eso solo lo hace cuando el populacho se le ha subido a las barbas y le han montado la de San Quintín, con neumáticos ardiendo a la francesa, es decir, que arden hasta que se arremanga el ministro, sino que viaja a hacer pronósticos y discursos escritos por gabinetes o a inaugurar obras terminadas con su chaleco amarillo y su canesú, y el casco, no olvidemos el casco. Cuando un ministro se pone un casco, baja a de los altares a las mugrientas piedras que hacen las toscas infraestructuras, que en las fotos resuenan la palabras futuro pero pisando la tierra desurbanizada, se mancha el zapato pulcramente envuelto en betún y un áspid de venenosa podredumbre sube por las piernas que ven la gloria manchada por todas las maldades que emergen de cada guijarro. Un ministro no es más que un alfeñique sino ofende y envilece a los contrarios y desoye a las plataformas por cuestiones de agenda. La resolución de problemas, la eficacia, es una cuestión de agenda y normalmente no queda hueco para ello entre recepciones y agasajos. Un ministro gris encerrado en su despacho resolviendo con eficacia cuestiones y minucias es un mequetrefe inservible, de esos que no tienen cuarenta micrófonos a la espera de que diga algo aunque no sea de su negociado. Polvorientos cauces faraónicos enlodados en interminables procesos con mentiras y disputas, para que al fin luzcan las obras terminadas con el diletante y parsimonioso paso de los siglos. En sus manos la gloria o la desdicha, que premie con su visita hueca o ni siquiera eso. Y mira ese otro, qué escándalo, pretende ser eficiente sin telediario.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios